sábado, 25 de noviembre de 2017

Ortega y Gasset, José Carlos Arévalo y 1986

Ortega y Gasset, al alimón, junto a Domingo Ortega | Cano
José Ortega y Gasset (Madrid, 1883 – Ibídem, 1955), bajo cánones sociales actuales, pertenecería al facherío recalcitrante, pues, además de filósofo y acérrimo defensor de la tauromaquia, desde un punto de vista intelectual, actuó como apasionado defensor de las humanidades y, hoy, ya se sabe, denostadas en detrimento de otras preferencias. Si, en un mitin, no pronuncias cuarenta mil tecnicismos anglosajones e imásdémási, no eres naide (sic).

Periódicamente, cuestiono el sino de genios pintores, como Velázquez, Murillo o Goya; poetas, como García Lorca, Manuel Machado o Gustavo Adolfo Bécquer; filósofos, como el propio Ortega o Nietzsche; bajo paraguas del siglo veintiuno: ¿hubieran engrosado filas de la posteridad, aparecerían en los libros o trabajarían bajo el calor de una campana de cocina, con hedor a frito, en un establecimiento de comida rápida, amén del criterio impuesto por cuatro mediocres?

Gasset, gran fascista, salió elegido diputado en 1931, perteneciendo a la candidatura llamada "Agrupación al Servicio de la República" (ASR). Asimismo, participó activamente en la Comisión Constitucional destinada a elaborar el tablero de juego regidor de la nueva forma de estado. A finales del período, criticó severamente la deriva republicana. Eso ya pertenece a otras lides. Aparquemos anécdotas políticas. Simplemente, excúsenme, debido al propósito demostrativo con respecto a la independencia política de la tauromaquia.

¿De dónde proviene su afición? Como en tantos casos, descendencia por vía paternal: José Ortega y Murillo, periodista, también ejerció como crítico taurino y apoderado de matadores. Aunque él, de manera humilde, siempre negó tal condición: "no soy un aficionado a los toros. Después de mi adolescencia, son contadísimas las corridas de toros a las que he asistido; las estrictamente necesarias para poder hacerme cargo cómo iban las cosas. En cambio, he hecho, con los toros, lo que no se había hecho: prestar mi atención, con intelectual generosidad, al hecho sorprendente que son las corridas de toros [...]".

Cierto y verdad, sin duda, su gran estrechez con el mundillo. Prueba de ello, su gran amistad con el Paleto de Borox, Domingo Ortega, con quien compartió grandes tardes en la finca de este (Navalcaide, ubicada en Madrid: observar foto al alimón); incluso acudieron, vestidos de corto, al Carnaval de Múnich. En marzo de 1950, aquella famosa conferencia del borojeño, titulada "El arte del toreo", en el Ateneo de Madrid, con beneplácito e intervención del pensador.

José Ortega y Gasset, Domingo Ortega y Cossío, en Navalcaide | Taurología
Durante los treinta, además, existe intercambio epistolar abundante, alentando a José María de Cossío a... escribir "El Cossío", acunado bajo mecenazgo de Espasa-Calpe. Finalmente, la enciclopedia taurómaca con mayor fama y prestigio, vio, en 1943, su primer tomo en la calle, gracias, en parte, a la insistencia de Ortega, la mano izquierda de Cossío y la participación, entre otros, de Miguel Hernández, poeta alicantino, partícipe en esta prima entrega.

Dos personajes carismáticos, como Rafael el Gallo y Juan Belmonte, disfrutaron cafés y tertulias cargadas de reflexiones junto al madrileño. El trianero de la Feria, siempre fiel a sus inquietudes culturales y literarias, más allá de su profesión, mantuvo, a lo largo de su vida, gran relación con artisteo y menudeo intelectualoide (desde la Generación del 98, con aquel homenaje en época novilleril; hasta los años sesenta, cuando falleció). El Divino Calvo, hermanísimo del archienemigo del Pasmo, paraba, ya con la coleta cortada, cada mañana en la Sierpes, acompañado del diario y varios habanos.

"La historia de las corridas de toros revela alguno de los secretos más recónditos sobre la vida nacional española durante más de tres siglos: y no se trata de vagas apreciaciones, sino que, de otro modo, no se puede definir con precisión la peculiar estructura social de nuestro pueblo durante esos siglos [...] estrictamente inversa de lo normal en las otras grandes naciones de Europa", en "La caza y los toros".

Esta última cita, con suma vigencia actual, sirve como argumentario para contrarrestar el antitaurinismo a nivel global. La externalización del conflicto hacia ámbitos europeos o mundiales siempre favorecerá la abolición, pues, mientras borgoñeses, bretones, flamencos, lombardos, ingleses o irlandeses vivieron en paz y utilizaron la ganadería destinada a fines más pacíficos, el crisol peninsular, con castellanos, navarros y aragoneses, hallábase en plena reconquista contra el moro, sirviendo, este mismo ganado, como entrenamiento marcial. De ahí, el famoso lanceo del toro a caballo, origen primario de las actuales corridas. O la archidivulgada leyenda de El Cid. Desde la Edad Media y hasta la revolución impuesta por González Fernández de Córdoba, en plena Edad Moderna, el peso de la batalla recayó sobre la caballería. Con los Tercios y el Gran Capitán, la infantería cobró mayor protagonismo. Curiosa equiparación entre historia política y taurina. Desvanecida la guerra por caballería, las horas del toreo a caballo merodeaba por minutos finales, dando paso a los chulillos de a pie, antes exclusivamente estoqueadores. Hete ahí gran parte esencial destilada por Ortega y Gasset.

Charlan Rafael Gómez Ortega y José Ortega y Gasset
No relataría esta parafernalia seudofilosófica sin intermediación de José Carlos Arévalo, magnífico periodista taurino, cuya supervivencia desconocía hasta visualizar, días atrás, el Kikirikí sobre Chicuelo, acompañado, también, de Domingo Delgado de la Cámara y José Morente. El tratadista, el crítico, afronta con frialdad la observación del objeto de su criterio, pero, curiosamente, responde con recelo al juicio sobre su profesión. Esto es, la crítica al crítico. Arévalo, de la Cámara y Morente (no quisiera dejar caer, en saco roto, a Álvaro Acevedo, por ejemplo) encabezan gran criterio y conocimiento sobre historia y técnica del toreo.

Invierno urbanita. Sin tentaderos, olor a césped, penumbra, chimenea, excremento, pelo de caballo y  cuernecillos de añojo; con luces de navidad, mercantilismo, blackfridays y comercios por doquier. A Dios gracias, encontré, en Plaza Nueva, la Feria de Libro Antiguo y de Ocasión. Hasta el 10 de diciembre, cuya visita recomiendo. Allí, durante horas, hojeando, atravesando diversos puestecillos, provenientes de todo el país, pregunto sobre libros taurinos: "poco hay", responden. En una de esas, encontré "La guerra secreta. Temporada taurina 1986", con autoría conjunta de Arévalo y del Moral, editado por AKAL.

En esta obra, Arévalo fragua una tesis concisa en base a esta frase del filósofo: "No puede compender bien la Historia de España, desde 1650 hasta hoy, quien no se haya construido, rigurosamente, la historia de las corridas de toros en el sentido estricto del término, no de la fiesta de los toros, que, más o menos, vagamente, ha existido en la Península Ibérica desde hace tres milenios, sino lo que nosotros actualmente llamamos con este nombre".

Parrafada magistral. Cito: "Es un tópico excesivamente manido recurrir a Ortega y Gasset para recordar que la fiesta de toros es un espejo lúdico y fiel de la realidad más profunda de cada época. Pero como todos los tópicos, alberga una gran dosis de verdad. Puede afrimarse, y no es más que un hallazgo referencial, que la España bipartidista de Cánovas y Sagasta compartía esa misma dicotomía con la rivalidad de Lagartijo y Frascuelo. Es cierto que, tras la muerte de Joselito, y la implantación del orden belmontino, empezó la tauromaquia del siglo XX, cuando el espíritu de esta centuria nacía en la primera posguerra. El belmontismo fue un "ismo" estético contemporáneo de otras vanguardias, como el surrealismo, el cubismo, el futurismo, etc. Y, si vamos, más lejos, a nadie le extraña que, bajo el reinado de Fernando VII, que promovió y persiguió, alternativamente, a realistas y apostólicos, la Fiesta fuera prohibida y después, mereciera una Escuela de Tauromaquia en Sevilla o que, bien visto, la toma de las ganaderías a manos del hidalgo burgués y, hasta entonces, en poder de la aristocracia y del clero, resultara ser una premonitoria desamortización. Pero esos ejemplos, entre los muchos que podrían citarse, son simples aproximaciones. Es más contundente seguir el devenir del empresariado en España, desde el siglo XVIII a nuestros días, siguiendo la transformación de la empresa taurina, cuando el sistema productivo español radicaba en las fincas, arcaicas explotaciones agropecuarias, y la explotación de las plazas estaba en manos de las antiguas maestranzas, de las juntas de hospitales, de las corporaciones locales. Entonces, el empresario de toros eres un pequeño concesionario que, en ocasiones, sólo detentaba la contrata de uno o varios tendidos para su comercialización pública (el vicio nacional de no pagar en los toros es una cuestión de prestigio social que procede de esta época). Su expansión y desarrollo coincide con el de la pequeña empresa, nacida en los intersticios consentidos por la comercialización de los productos agrarios y la permisividad de los gremios. La atomización de empresas taurinas pervivió en el campo hasta el éxodo rural de los años cincuenta de nuestro siglo y, en las urbes, hasta finales del XIX. Ello permitió a toreros y ganaderos ser los grandes señores del negocio durante la pasada centuria y un poder absoluto a José y Juan, que sólo tuvieron enfrente a muchos, dispersos y pequeños empresarios. En la década de los 20, surge, por fin, la empresa taurina, el empresario capaz de conseguir la contrata de varias plazas y, Pagés, que incluso obtiene para él y su descendencia la explotación de la Maestranza de Sevilla, es el símbolo paradigmático de todos ellos. Más tarde vendrían las grandes familias: Chopera, Jardón, Balañá... Fueron todos ellos excelentes aficionados, inteligentísimos taurinos, que comenzaron su verdadera expansión en los años 40, cuando las administraciones locales habían dimitido de sus funciones. La libertad de movimientos que se permitió en los 50, a patronos, y el desarrollo económico de los 60, consagraron su conquista y la configuración de una oligarquía ya libre del acoso impuesto por dos grandes apoderados, Domingo González "Dominguín" y José Flores "Camará" que, con la fuerza de Luis Miguel y Manolete, mandaron en la fiesta y fueron, intermitentemente, grandes empresarios.

Majestad manoletista | Sánchez
Analizando en profundidad, más allá de las estructuras económicas, el enraizamiento de la fiesta brava con la sociedad española expresa un misterio que ni la sociología, ni la investigación antropológica han sido capaces de desvelar y da, a cada paso, las señas de una telúrica identidad. ¿Por qué los españoles han convertido el uro salvaje en toro de lidia, su agresividad original en la moderna bravura? ¿Por qué los toreros y el pueblo, han configurado, cuando otros países iniciaban su industrialización, un rito deportivo y agrario con oscuras reminiscencias sagradas, en pleno siglo XIX? La historia taurina es una narración, realmente sucedida, que relata la saga de unos prototipos heroicos, protagonistas de un viaje interminable, cuyas paradas, de plaza en plaza (el antiguo corazón de las ciudades), sirven para restaurar ritualmente la lucha de la razón contra la naturaleza indómita; un acto revelador e imaginario de la profunda realidad de cada época. Los broncos años republicanos tuvieron por protagonistas a una amplia fila de toreros distintos y distantes, y una sorprendente variedad de encastadas ganaderías. La España solitaria y triste de posguerra se expresaba en la ascética soledad de Manolete frente al toro, y también convivió el estraperlo en la calle con el fraude en la Fiesta. Luis Miguel y Antonio Ordóñez devolvieron a la Fiesta las dos grandes tradiciones: el temple belmontino y el mando guerrista, en la plaza y fuera de ella. Y El Cordobés fue el más explícito testimonio de su época.

Los toros son un espectáculo instrínsecamente dramático, la expresión de una situación límite, en el sentido más sartriano de la expresión, tangencialmente sagrado por lo que de sacrificial tiene la lidia y el clamorosamente civil porque la democrática participación del público, arbitrada presidencialmente, se traduce en la soberanía del foro. Esta soberanía lúdica, único vestigio democrático bajo la dictadura, expresó su rechazo a la Fiesta heredada del franquismo, mediante una rebelión que tuvo por escenario el graderío y anunció la llegada de nuevos tiempos. Con la democracia, la Fiesta perdió uniformidad, los públicos se manifestaron libremente y las plazas revelaron, una oras otra, su singular idiosincrasia. Taurinamente, el centralismo ha muerto. Sevilla recuperó su capitalidad, reclamando incluso un reglamento andaluz. En el País Vasco, la presidencia dejaba de corresponder al Ministro del Inteiror, y la Ertzaintza sustituyó a la Policía Nacional. Aunque Madrid sigue detentando el poder, y es la plaza que da y quita en el toreo".




Bibliografía:

ARÉVALO, José Carlos. "La guerra secreta. Temporada taurina 1986" (1ª ed., AKAL, Madrid, 1986, págs. 23-25)

ORTEGA Y GASSET, José. "La caza y los toros" (1ª ed., AUSTRAL, Madrid, 1962)

jueves, 16 de noviembre de 2017

Primera alternativa en La Maestranza

Apariencia del coso, siglos atrás | Joaquín Domínguez Bécquer
No siempre acudir a una tarde de toros en Sevilla consistió en Taquilla, Serranito, Vincci La Rábida, habano, espetar "suerte, maestro", en calle Iris, a tu torero y Tristán, director de Tejera, ordenando el toque de "Plaza de La Maestranza", mientras Morante, cariacontecido en su tercera tarde, dibuja una cruz, a modo de ritual, en el albero, ataviado con estridente capote de paseo, envoltorio de alamares color azabache.

Resulta imposible transformar ciertas características o determinados sentimientos y, desde el XVIII, cuando emanaron los primeros arquillos de este bendito coso, no existe abril-mayo sin runrún, miedo, ilusión, esperanza, hartazgo, habano, alcohol, cigarrillo, bolsillo lleno, cartera vacía, traje italiano o camisa de "tienda vintage", como afirman, ahora, los modernos.

Atracando mi velero en posición de partida, imposible entender la plaza de toros de Sevilla sin su único propietario en la historia, corporación aristocrática-nobiliaria, quien otorga nomenclatura al óvalo: la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, creada en 1670, bajo unión de la antigua Cofradía de San Hermenegildo, nacida a raíz de la reconquista de la ciudad, por Fernando III el Santo, en 1248, y titulada, en esos momentos, Nuestra Señora del Rosario. Los 1700, con posesiones en ultramar y decadencia latente (hasta hogaño, sin cesar), comenzaron (y finalizaron, paradójicamente; entiéndase doble sentido) de la dinastía Habsburgo, al no obtener descendencia Carlos II, y los españoles (tan azul, rojo; blanco, negro; pepé, soe; morado, naranja) comenzamos a matarnos entre nosotros. Unos, por el Austria. Otros, por el Borbón, quienes continúan, hasta ahora, en el trono, con el sexto Felipe. Finalizó, en 1714, la contienda.

Existe una publicación, titulada "La Maestranza... y Sevilla (1670-1992)" (Espasa-Calpe, 1992), autoría conjunta de Francisco Narbona y Enrique de la Vega, donde desgranan, a la perfección, este contexto sociopolítico, aumentando-alejando zoom, según conveniencia: "El siglo XVIII, inaugurado con la Guerra de Sucesión y la instalación, el trono español, de la dinastía borbónica [...] Éste [el toreo] pasó, a lo largo del siglo, de ser ocio reservado a los nobles, a convertirse en apasionada diversión nacional, con la unánime aprobación del pueblo y el "invento" de las diversas suertes que fueron, poco a poco, componiendo tan original creación artística. Hay como una despreocupación de las clases altas, por el riesgo d ela fiesta brava y, a la vez, una irrupción en las plazas de la gente plebeya, hasta entonces simple servidora en los preparativos del peligroso encuentro entre el jinete y el toro bravo; en realidad, los toreros de a pie, únicamente intervenían para llevar a la res hasta el terreno o la proximidad del caballo, para que se produjera el choque o la burla del astado y sólo en el caso de que el toro no muriera fulminado por el rejón (o la lanza), impulsado por la mano del caballero, aquéllos, previo permiso, le daban muerte al cornúpeta. Lo de preparar al bicho, con mañas más o menos artísticas, fue un valor añadido que se inventaron los lidiadores de la Baja Andalucía, al calor del aplauso de los públicos, que preferían los adornos pintureros – la gracia o la hondura, de sevillanos y rondeños – a los alardes temerarios, a la simple y contundente liquidación del enemigo. Vascos y navarros, e incluso los castellanos, acostumbraban, probablemente, a matar al animal sin muchos preámbulos".

Real Cédula de los Fueros y Privilegios de las Maestranzas de Sevilla y Granada | Espasa - Calpe
"En El Baratillo, antiguo vertedero urbano y verdadero Monstestaceum de Sevilla – formado al rellenar la depresión del brazo subalterno y desecado del Guadalquivir, que, partiendo de La Barqueta, cruzaba la Alameda y venía a unirse al curso principal del mismo, a la altura de la Torre del Oro –, comenzó a construirse, el 5 de octubre de 1733, la primera plaza redonda, en madera, tras desmontar el recinto rectangular allí existente, que apoyaba uno de sus lados en el convento del Pópulo, expropiado después (cuando la desamortización) y convertido en cárcel", prosiguen Narbona y de la Vega.

La ausencia de oficialidad, por llamarlo de alguna manera, no eximía de la existencia del toreo de a pie par de siglos atrás, como queda patente: "del primer torero sevillano de quien se tienen noticias, es de un tal Juan Guardiola, que se libra del anonimato por haber solicitado del Cabildo Municipal de Sevilla, en el año 1594, una ayuda para adquirir una capa torera, porque, según un documento de la época, se le había estropeado la suya, toreando en un festejo celebrado en la Plaza de San Francisco".

Tras atravesar el primer cuarto de siglo, arriban noticias interesantes: "el 15 de diciembre de 1733, se firmaba el acta de entrega del nuevo coso sevillano, inaugurado en junio de 1734, si bien no quedó terminado del todo. Allí actúo "el primer torero de la tierra" de quien se tiene noticia: Miguel Canelo; cobró 2100 reales. No debieron quedar muy contentos los maestrantes con la obra, cuando en 1739 se realizaron sustanciales reformas, gastados, 101.482 en apenas un año".

Miguelillo. Canelo, como el actual boxeador mexicano, de nombre Saúl. Este espada nació (fíjense cuán antigua se antoja la tradición) en el Barrio de San Bernando, sobreviviendo en su Calle Ancha.  ¿Por qué San Bernardo, cuna de tan insignes matadores, con supremo conocimiento de las reses? Amén de su antiguo matadero (donde hoy, bajo el mismo edificio, encontramos un colegio público de educación infantil y primaria), los chavalillos postraban sus huesos en las tapias de alrededores y lanceaban últimos pases a los desechos. Se ignora fecha de nacimiento, no de fallecimiento: 1737, sólo tras tocar el cielo con las manos, ostentando el honor de ser el primer torero de a pie en nuestra Maestranza. Apadrinó a uno de los hijos de Juan Rodríguez, padre de Costillares.

Espasa - Calpe
Dinero siempre llamó a dinero, como amor entre personas de insignes apellidos y gran linaje, salvo contadas excepciones. Aquel amor frustrado de Joselito, nuestro Gallito, el Rey de los Toreros, con una aristócrata, vilipendiado por motivos étnicos y de baja alcurnia. Los maestrantes existieron, existen y continuarán existiendo, con patronazgo sobre el toreo sevillano. Es historia. Poco empeño focalizaban sobre si el juego marchaba encima del corcel o a pie. El pueblo, alegre, vivo y con empeño olvidadizo, amén de su miseria diaria, tomó la vía de trapo y valor, con beneplácito abúlico del señorón, por supuesto.

En esas, apareció Miguel. Sucedieron otros tantos, en lugar de nacimiento, cuna de grandes toreros, como Pepe Luis y Manolo Vázquez Garcés, y emplazamiento profesional. Cuántas tardes, de fracaso y gloria. Cuántas cornadas mortales o, simplemente, de aviso. Cuántos matadores. Cuántos sueños, cumplidos y frustrados.

Disculpen, una vez más, este ombliguismo hispalense. En Sevilla tuvo que ser y, pese a quien le pese, continuará rodándose, sin igual, bajo este marco, semejante tragicomedia metafísica, de vida-muerte, arte-barbarie, glamour-marginalidad, llamada tauromaquia. Falleció el "probe" (sic) Migué, pero hoy, de buena mañana, gusté de recordarlo. Allá donde pazca, sonreirá y sentirá felicidad al presenciar, tres siglos después, la vitalidad y el fragor de la llama de su memoria, junto a otros ilustres del centenario, en letras de oro y formados en riguroso trío: Pepeíllo-Costillares-Pedrorromero.

Sirva como oda a aquél que tocó pelo, algún día, pero engrosó la historia de esta, nuestra plaza, con la gloria de condición torera (oro o plata) y la miseria, bajo la cuna de la humildad por no formar parte de grandes publicaciones tratadistas. Uno más. Quién hubiera podido ostentar tamaña, modesta, noble y valerosa condición.

martes, 7 de noviembre de 2017

¡Hay que picar!

Varilarguero, jaco y res | Manuel Vaquero
Tan joven, a mis veinticuatro primaveras, como mal aficionado e ignorante, en comparación con tantos y tantos ilustres aficionados, banderilleros, matadores o periodistas del mundillo en nuestros tiempos (si comenzara a nombrar, imposible detenerme: Pedrín Sevilla, José Morente, Álvaro Acevedo, Domingo Delgado de la Cámara, Luis Miguel Parrado, Antonio Díaz, Curro Escarcena, Antonio Pineda Valde, Álvaro Ruiz del Moral, Luis A. Martín, Julián H. Ibáñez...), acudí, por primera vez, el pasado treinta de septiembre, a Las Ventas del Espíritu Santo, con reses de El Puerto de San Lorenzo para Miguel Ángel Perera, quien abrió la puerta grande, no sin polémica, entre acusada algarabía nacional, debido al ilegal referéndum catalán; Juan del Álamo; y Alberto López Simón. Hasta observé el magisterio de Florito y sus bueyes.

Alojado en un hotelucho de extrarradio, próximo a IFEMA, casi no llego a tiempo. Madrid, tan inspiradora como caótica, gusta y disgusta a partes iguales. Agrada por historia, bohemia, monumentos, parques, gentes y maravillosos bocatas de calamares. Desagrada, amén de su estrés continuo, colapso incesante, presente en cualquier callejuela; e irrefrenable ritmo vital, cercano a lo infartante. Ruego disculpen ofendidos por mis palabras: soy cateto capitalino, de Sevilla, Híspalis o Isbilya, según etapa histórica y gustos personales: donde sólo existen dos líneas de metro que ni siquiera atraviesan mi distrito; un boquiabierto confeso al visitar la capital, ante semejante magnanimidad de ministerios, museos y grandes vías.

A estas alturas, habrá dejado de leer esta seudocrónica de viajes no pretendida. Aquella jornada confluí con el famosillo siete, tendido más chulapo del barrio de Ventas, cuna de Antonio Chenel: "reventaores", para unos; apóstoles del dios Tauro, según otros. Una congregación, preparada con pañuelos verdes, traídos desde casa, gritona, durante dos horas y dispuesta a influenciar hasta el último asiento de la última andanada, donde Esperanza Aguirre, vestida de mocita, alegra la vista de madriles y extraños, en compañía de su peña.

Somos mayores (unos más que otros y el avance de edad, aunque aporte mayor experiencia y sabiduría, debilita facultades) y, más importante, todos pagamos. Por tanto, jamás recriminaré determinada actitud o reivindicaré superioridad moral por comportamientos determinados. Además, comprar papel, automáticamente, otorga derecho a libertad de expresión, independientemente de aciertos o errores contenidos (como decía Voltaire: "no estoy de acuerdo en lo que usted piensa, pero defenderé a muerte su derecho a decirlo"). Base y riqueza de la fiesta han encontrado reposo y fundamento en diversos pareceres del aficionado y así debe continuar. Hete aquí fiel partidario de mi plaza y su idiosincrasia: el silencio como juicio condenatorio y muestra de admiración al alamar; al oro y la plata; al castoreño, incluso al mozo de espadas. Aplausos y esa pasión, tan nuestra, al merecedor de aquella. No más. No menos.

Futuro tercio de varas | Twitter
En súmmum de alaridos, un espontáneo del siete exclamó, prolongando la última vocal: "¡hay que picaaaaaaaaaaaaaaar!", tras la marcada mansedumbre generalizada de todos los hermanos durante aquella jornada. En su día, no otorgué la consideración debida, pero el paso del tiempo y la retención en mi memoria, de aquella máxima, diéronle razón sobrada al dandi. ¿Quién sabe si tratamos de El Rosco? Qué honor tan inmenso.

El pasado dieciséis de octubre, en El Correo de Andalucía, Ruiz del Moral firmó una noticia, titulada "Los límites a la suerte suprema dividen a la Junta y los profesionales", destacando el siguiente texto: "la reforma de la suerte de varas también es objeto de controversia. Los toreros no quieren aceptar que los toros entren dos veces al caballo en plazas de segunda categoría. Los ganaderos se ponen de perfil y los matadores van más allá, solicitando ser ellos mismos – asumiendo las funciones actuales de la presidencia – los que decidan las veces que deba entrar el toro en la montura, en función de sus condiciones".

Entre tanto vaivén reglamentario inocuo, agarrafonado y con mala praxis, sólo cabe citar a una eminencia del nivel de Gregorio Corrochano ("Teoría de las corridas de toros"; Revista de Occidente; Madrid, 1962): "parece unánime la opinión de que es necesario y urgente regenerar la fiesta de los toros cuando lo unánime es que nadie piensa en regenerarse. Se han acumulado tantas mentiras que ya parecen verdades. Los más escrupulosos tranquilizan su conciencia con la monserga de que hay que reformar el reglamento, y saben que no se cumple el vigente. Pero piden uno nuevo como plazo para vivir entre dos reglamentos, es decir, sin ninguno. No parece sino que el reglamento es culpable de las transgresiones reglamentarias. ¡Pobre reglamento!"

La falsa venta evolucionista (involucionista, realmente, con beneplácito de estamentos vitales, pues sólo importa beneficio y usura), envuelta en el mantra de la adaptación a la sociedad, esconde la pérdida esencial de la fiesta de los toros. La decadencia moral, en la sociedad, no debiera ser ejemplo a seguir por un rito milenario, culto y con un discurso metafísico y complejo digno de admiración. Claramente comprensible su inadaptación al medio, pues el gobierno del fast food, la simplicidad y las causas cartón-piedra gobiernan la tierra.

Un clásico literario bien pudiera equipararse a la tauromaquia. Se considera obsoleto, pasado de moda y, sin embargo, bajo el parapeto contextual socio-político de su tiempo, trata toda diatriba temática presente a lo largo de la historia del ser humano: amor, desamor, odio, esperanza, ilusión, desilusión, vida, muerte, valentía, cobardía... Desde La Ilíada hasta El Quijote. ¿Modificarían capítulos de la obra de Cervantes por inadecuación o tal vez debamos admirarlo?

¿Para qué vamos a complacer los vociferios no razonados por parte de de cuatro antitaurinos, edulcorando el tercio de varas y limitando la muerte del animal? ¿Acaso el toreo no supone la teatralización verdadera de vida y muerte? ¿Por qué insultamos a nuestro rey, el toro, capando la demostración de su condición natural, esto es, la bravura, acometiendo al caballo?

Esqueleto varilarguero | Twitter
Cito a Corrochano de nuevo, en referencia a varas: "el toro, de salida, tiene un estado levantado, descompuesto, que es necesario fijarle para la lidia de a pie. Esto sólo puedo conseguirse con la suerte de varas [...] La puya no está hecha para matar al toro, ni siquiera para malherirle; pero sí está hecha para castigarle cuanto sea necesario. La misión del picador es ir rebajando la pujanza del toro, puyazo a puyazo, ahormarle la cabeza, pero sin inutilizarle por exceso de castigo".

Domingo Delgado de la Cámara, en su publicación "Del paseíllo al arrastre: la lidia y su evolución" (Alianza Editorial, 2004), clarifica bastante sobre el primer tercio: "la actual suerte de varas es el cáncer de la fiesta. Hay que igualar las fuerzas de los contendientes. Por tanto, se pongan como se pongan los malos picadores, hay que imponer que el caballo sea de pura raza española. De esta forma, sería imposible que pesara más de seiscientos kilos, pues además con un buen peto no tiene por qué pasar nada. Con los materiales existentes hoy día, puede hacerse un peto tan ligero como seguro para el caballo. Sin la rigidez del actual, que resulta ser un muro donde se estrella el toro y se hace muchísimo daño. Entre caballo, peto y picador, el toro está embistiendo a un conjunto que pesa una tonelada. Esto no hay quien lo mueva y en el forcejeo, el toro, se quebranta muchísimo. Es muy importante que el toro pueda mover al conjunto de caballo, peto y picador, pues, en el momento en que hay movimiento, no hay ensañamiento [...] Las dos funciones que tradicionalmente tuvo la suerte de varas se han diluido totalmente. Ya no se trata de ahormar al toro para que embista con suavidad y humillando, se trata de matarlo [...] Ya no se quiere que embistan mejor, se quiere que no embistan. Esos puyazos traseros son absolutamente contraproducentes e incompatibles con el toreo moderno. Porque el puyazo trasero hace que el toro se pare y eche la cara arriba. Sólo el puyazo en su sitio consigue que el toro descuelgue la cabeza humillando y embista con más suavidad, pero sin perder fuerza, que es el concepto de ahormar [...] Además de ahormar al toro, la suerte de varas cumplía otra importantísima función: calibrar la bravura del toro. Cuando el toro embestía al caballo, el ganadero, el matador y el público medían su bravura. Esta función fue la fundamental de la suerte durante muchos años. Hasta que no aparecieron Joselito y Belmonte, la suerte de varas era el único medido conocido para medir la bravura [...] Lo malo es que la suerte de varas, tal como se practica ahora, impide por completo evaluar dicha bravura. La suerte de varas que vemos ahora en las plazas ya no cumple la función de hacer ver el juego bravo (o manso) de un toro. Sólo sirve para destrozarle [...] Nos encontramos, por tanto, en un callejón sin salida. Para ver la bravura de un toro habrá que ponerle un mínimo de tres veces en el caballo. Pero si hacemos esto ahora mismo, con esa muralla de picar enfrente, nos quedaremos sin toro, como ocurría en los años setenta en las plazas de primera".

Respetemos nuestra esencia. Recordemos nuestra historias y orígenes: el surgimiento del toro bravo en la Península Ibérica no responde a motivaciones azarosas, sino a la necesidad de entrenamiento por parte de la caballería cristiana, en plena Reconquista al musulmán, mientras el resto de Europa utilizaba al ganado con fines agrícolas. Pues, con un poco de conocimiento sobre táctica militar, cualquiera conoce la preponderancia de la caballería en la guerra medieval.

Despojado el moro de sus terrenos, los hijosdalgo continuaron, dale que te pego, con ambiente festivo, en plazas mayores, homenajeando a Sus Majestades y con el peón de brega, o chulo, para el trabajo sucio. Aristócratas y señorones se aburrieron de aquello y, entonces, comenzó el protagonismo del toreo a pie, más emocionante, para mi gusto, y con mayor riesgo. Aun así, los jinetes, en los carteles, eran anunciados con mayor tamaño y, tras los alguacilillos, encabezaban el paseíllo, por delante de matadores.

En el XIX y primer cuarto del XX, hasta la implantación del peto, en 1928, los picadores se mantenían en el albero durante toda la lidia y, para más inri, el gasto en corceles, por parte de la empresa, no era pequeño. Pobres caballos. Despanzurrados a pares, con tripas por medio. Cuenta la leyenda underground que, una señora aristócrata, acompañando al General Miguel Primo de Rivera una tarde en Madrid, viose salpicada por las tripas de un ejemplar y, a raíz de entonces, el dictablando legisló en favor del parapeto.

Con todo mi cariño y respeto a nuestros vecinos peninsulares, stop lusificación, en lo referido a muerte del animal. Mantengamos nuestra idiosincrasia. Enseñemos todo nuestro esplendor a la sociedad caduca y no permitamos malearnos ante ella. No reparemos más en la usura y la importancia del dinero por encima de todo, incluso la perversión esencial. Por favor, empresarios. Por favor, ganaderos. Os lo ruego, toreros, creadores, en conjunción con el salvaje, de una bella arte maravillosa y, por incorrecto que suene, propensa a crear toxicómanos de verónicas y trincherazos. Defendamos nuestro patrimonio.

lunes, 30 de octubre de 2017

Pinacoteca taurina (I): "Muerte del Maestro", por José Villegas

Perspectiva panorámica | Flickr
Con este lienzo, mi intención no es otra que la inauguración de un nuevo serial, correspondiente a la humilde divulgación, desde mi escaso conocimiento pictórico, sobre las pinturas encuadradas en la temática taurina a lo largo de la Historia del Arte. Especialmente, por los tiempos actuales, de desprestigio hacia esta bella arte, cabe, más que nunca, la reivindicación como elemento cultural y su interrelación con otros ámbitos pertenecientes a esta, véase poesía, narrativa, escultura, pintura, música, etcétera.

En incontables ocasiones, he visitado el Museo de Bellas Artes de Sevilla, mi ciudad, como El Alcázar, La Giralda o nuestra magnánima Catedral. Parezca un pecado acudir, como hispalenses, a tales monumentos, rodeado de guiris. "¿Eres de aquí?", cuestionan, con voz anonadada, ciertos empleados. Porque, entre tanto folk, gastronomía y liturgia religiosa, debería caber, en nuestra sevillanía, apreciación endogámica y conocimiento hacia nuestro patrimonio. Sevilla, por sus gentes, su aroma, su idiosincrasia, alza la vista como destino turístico idóneo para el año advenido, pero, si ahondáramos, aun más, en lo nuestro, descubriríamos mayor motivación y justificación hacia nuestro cuestionado ombliguismo. Servidor, el primero.

Sólo a rebufo del Museo del Prado, nuestra galería de arte, según grandes especialistas, como Enrique Valdivieso, ocupa la segunda posición en valor e importancia de contenido. Bien es cierta la escasez de los Velázquez, con un par de piezas, y los Goya, con un retrato de pequeñas dimensiones. Sin embargo, enfrásquese usted, en mañana o tarde, a pasear por semejante edificio, con sus patios, al estio andaluz, y sus salas, ordenadas cronológicamente. Francisco Pacheco, el mentor de Velázquez,  Alonso Cano, Zurbarán, Valdés Leal, Bartolomé Esteban Murillo, pintores italianos, como José de Ribera (nacido en Játiva, Valencia, pero con desarrollo artístico en Nápoles) o Giovanni Battista y, personalmente, por temática, movimientos de época y trazos de brocha, llegamos al XIX y XX, mejores salas del lugar, bajo mi gusto pictórico personal, con personajes como el propio Villegas, Zuloaga, Bilbao, García Ramos, Cabral Bejarano, Bécquer (Valeriano y José, no Gustavo Adolfo) o Esquivel, entre tantos.

Título de la obra y autoría, así como adquisición por la Junta de Andalucía | Galleo del Bú

Reseña del autor | Galleo del Bú
En este tangai decimonónico, marcado por Guerra de Independencia, Guerras Carlistas, Revoluciones Liberales y Décadas Ominosas, a mediados, viene al mundo José Villegas Cordero (Sevilla, 1844 - Madrid, 1921). Transcribiendo lo expuesto en la Sala XII del Museo de Bellas Artes de Sevilla, leemos esto: "De Villegas, una de las personalidades artísticas de mayor relevancia en el siglo XIX, conserva el museo un interesante conjunto de pinturas. Donadas, en su mayoría, por su viuda, Lucía Monry, se trata fundamentalmente de retratos en los que evidencia la evolución de su estilo. La formación artística de Villegas se inicia bajo la responsabilidad del pintor José María Romero y en la Escuela de Bellas Artes de Sevilla. En 1866, se traslada a Madrid y estudia, en el Museo del Prado, a los grandes maestros del naturalismo del siglo XVII, especialmente a Velázquez, del que toma la base de su técnica pictórica. También importante en la configuración de su estilo fue la amistad con dos renombrados artistas, Rosales y Fortuny. A fines de 1868, marcha a Roma, cumpliendo con una de las mayores aspiraciones de los pintores de su generación. De esta primera época, son las obras de temática orientalista y taurino, con las que alcanzó gran éxito. Tras una breve estancia en Sevilla y Marruecos, regresa a Roma, en 1876, e inicia una carrera ascendente, jalonada por sucesivos premios en certámenes internacionales, que le convierten en uno de los artistas más cotizados de su época. Su versatilidad le permite atender con gran éxito a todos los gustos del momento: pintura de historia, "casacas", escenas costumbristas, paisajes y retratos [...] A su vuelta a España, en 1901, fue nombrado Director del Museo del Prado".

Culminada en dos épocas (primero, 1893; luego, 1910), con casi veinte años de por medio, "Muerte del Maestro" deja entrever, según detalla el Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico, "el momento en el que es depositado el cadáver del torero Bocanegra en la capilla de la plaza de toros de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, tras sufrir una cornada mortal, en corrida homenaje a 'El Tato'".

Detalle de "Muerte del Maestro" | Galleo del Bú

Firma de Villegas | Galleo del Bú
Prosiguiendo con análisis especialistas: "El estilo y la técnica de esta obra, de gran formato, ha sufrido un largo proceso de ejecución y transformación por parte del propio artista, que comenzó una versión, en el año 1893, y culminó otra nueva, en 1910 [...] "Muerte del Maestro" introduce una singularidad dentro del género taurino: su concepción como un gran cuadro de historia, con todo lo que esto exigía de dedicación y estudio. Pero frente a la retórica que caracterizó al género histórico, Villegas presenta una escena de gran dramatismo en la que los expresivos miembros de la cuadrilla muestran un repertorio de actitudes conmovidas y sinceras en torno a la figura del maestro".

La ignorancia, como el conocimiento del toreo y su rito, requiere atrevimiento y, más allá de reconocer al escritor del texto citado anteriormente como un magnífico analista e historiador del arte, no creo en una filiación lo suficiente acérrima hacia la tauromaquia. Mucho menos, conocimientos detallados, magníficamente esbozados por Villegas Cordero y que, en mi visita al lugar, fotografié sin flash, como dictan las normas protocolarias, en pos de exprimir toda la pulpa taurómaca posible:

Banderillero, santiguándose frente al cadáver | Galleo del Bú

Rostro incrédulo y lamentado | Galleo del Bú
Profundizando en detalles del óleo sobre lienzo, la tristeza generalizada resalta a la vista, aunque cada cual expresa como la siente: unos, santiguándose ante el fallecido; otros, con manos a la cabeza. Alejado de trajes de corto y sotanas, un muchachillo (desconozco la existencia del mozo de espadas en aquella época) recoge los hábitos toreros del maltrecho Bocanegra: manoletinas, ropajes...

El festejo parece haber finalizado, pues matadores, subalternos y picadores, con montera y castoreño en mano, respectivamente y no todos, cuelgan del hombro, capotes de paseo. Villegas condensa a la muchedumbre en un reducido espacio, por preocupación inesperada ante el acontecimiento advenido, sin impedir otorgarle profundidad, pues, al fondo de la imagen, en una ventanilla, niños parecen colocar pies de puntillas, debido a su escasa estatura, y curiosear a través del único resquicio posible. Apenas alcanzan a observar, pero desean salir de dudas sobre cavilaciones.

Sacerdote junto al fallecido | Galleo del Bú

Lamento generalizado | Galleo del Bú

PD: Como colofón inaugural a este serial, no pretendo finalizar sin ensalzar la gran labor de Pagés, la productora audiovisual y José Antonio Morante de la Puebla en el spot destinado a la Campaña de Abonados para la pasada Feria de Abril, donde, acertadamente, muestra una simbiosis, existe y olvidada por muchos aficionados, entre bellas artes: tauromaquia y pintura. En el documento audiovisual, aparecen obras como "Santa Justa y Santa Rufina", de Bartolomé Esteban Murillo.


lunes, 16 de octubre de 2017

'Escucha, Morante', por Álvaro Acevedo


"Escucha, Morante, te iba a tirar la chaqueta, pero es que me hacía falta para cuando saliera de la plaza, que fue a las tantas. Y fíjate cómo me veo, pegándole lances a los taxis, que van para el pescaíto, después de haberme emborrachado, como Dios manda, en estas escandaleras.

A mí, el toreo me duele, como a ti, Morante, pero mi chaqueta no se mece como tu capote; no tiene el compás ese de los flamencos, ni esa bamba que va y viene. Ni esa seda, Morante. Ni esa gracia, ni esa pena, ni esa agua, ni ese ángel. Ni ese cante.

Yo he visto hoy sangrar a tu capote por las venas. Lo he visto llorar, lo he visto crujir, lo he visto bailar... Le he visto parir los lances, Morante. Yo he visto la cintura quebrada de Gallardo y las muñecas de Salomón Vargas. He visto el duende de los Gitanillos y en la media, Morante, yo he visto a Chicuelo, el de la Alameda.

Sevilla, 15 de abril de 2013 | Olga Holguín
Hoy, Morante de la Puebla, has toreado por Triana y por el Barrio de Santiago, por Camas y por San Bernardo, y por Sevilla y por Ronda. Porque, ahora, Morante, me he acordado de esos naturales al primero, lentos ronquera; hondos, como el Tajo; y largos, como el Betis. Y de esos ayudados con la pata palante (sic), con las dos manos juntitas y el pecho engallado en el reñiero (sic).

Mamá, Alejandro y Sebastián se han arrimado hoy una jartá (sic), pero no te veas cómo ha toreado el profundo.

Escucha, Morante, acaba ya la media y vámonos que nos vamos"

Álvaro Acevedo – Director 'Cuadernos de Tauromaquia'

HOLGUÍN, Olga. "MORANTE. 20 ABRILES" (1ª ed., Fundación Caja Rural del Sur, Sevilla, 2017. Pág. 21)

martes, 10 de octubre de 2017

La Alameda, El Pali y Los Gallo

Portada "De Sevilla a la gloria", editado en 1985, acompañado de un cartel de toros

"¿Qué pasa en la Alamea, mi arma, que hay tanto garbo?
¿que hay tanto garbo, qué pasa en la Alamea, mi arma, que hay tanto garbo?
¿que hay tanto garbo? Gallito que ha cortao, mi arma, orejas y rabo.
Gallito, que ha cortao, mi arma, orejas y rabo.
Gallito, que ha cortao, mi arma, orejas y rabo.
Desde aquel día, los Hércules bailaron, mi arma, desde aquel día,
los Hércules bailaron, mi arma, por bulerías.

A hombros por Trajano, mi arma, vienen los Gallo.
Vienen los Gallo, a hombros por Trajano, mi arma, vienen los Gallo.
A hombros por Trajano, mi arma, vienen los Gallo.
Vienen los Gallo, mu serio, Joselito, mi arma; de guasa, el Calvo,
mu serio, Joselito, mi arma; de guasa, el Calvo.
Señá Grabiela, tú que eres mu fiante, mi arma, señá Gabriela,
tú que eres mu fiante, mi arma, para la fiesta"



Como la afición a la tauromaquia, la pasión hacia un equipo de fútbol o la devoción hacia determinada talla religiosa, mayoritariamente, proviene alimentada por la herencia familiar. No levantabas un palmo, a medir desde la baldosa, te enroscaron la bufanda verdiblanca y, ale, Real Betis - Tenerife, gol de Alfonsito, mago de botas blancas, tres puntos y veneno en sangre para los restos. O aquella primera vez en la Real Maestranza de Caballería (de Sevilla, claro), a la miurada de dos mil no sé cuándo, amén de un calentón paterno, a última hora, tras almorzar y adquirir papel sobre la bocina, previo regateo en reventa. Si mal no recuerdo, Juan José Padilla (aún sin percance ocular) mataba un par del hierro de Zahariche.

En Andalucía, cuando decimos "mamar", aparte del obvio significado peyorativo, referimos a la herencia consanguínea de un hobby. Musicalmente, cuento con suerte o desgracia, pues he heredado el acervo de un ex-cantante profesional. Sí, en grupo de cuatro, del montón, telonero, mas conocedor y partícipe en época esplendorosa, en expansión por todo el territorio nacional, de la música hispalense-folk por antonomasia: las sevillanas.

Aquello, en mescolanza con mi querencia natural hacia el conocimiento de la historia (local, nacional e internacional), cuando me dieron a oír la música de Paco Palacios, "El Pali", explotó el boom, fue el acabose, un big-bang armonioso interior, inexplicable e implasmable de manera lírica. Francisco de Asís Palacios Ortega (1928-1988), cantaor de fandangos y sevillanas, mandó como figura y, quien me enseñó mucho de lo sabido, lo teloneó en muchísimas ocasiones. "Mira, niño, aquí nació El Pali" o "aquí quedábamos con El Pali, que vivía con su padre, vestida siempre de negro, y una perrilla, un chucho, llamada Triana, en su casa, antes de irnos a un pueblo", comenta paseando, algún día suelto, en una calle cercana a la Plaza de San Francisco, ubicada a espaldas de la Plaza Nueva, sede del Ayuntamiento de Sevilla.

Allí, Paco, con sus gafas de lentes gruesas, barriga cervecera y camisa desabrochada, sentose infinidad de amaneceres y albas, con su peculiar postura, anidado en la silla del revés. A verlas pasar. "El Trovador de Sevilla", acertadísimo sobrenombre, auspiciado por Antonio Burgos, popular periodista costumbrista. El Trovador no ensalzaba a las grandes figuras de la historia local, como Velázquez, Murillo, Fernando III o Gustavo Adolfo Bécquer, sino a Vicente, el de las Almendras, Los Gallo, Escalera, Carabolso... Todo ello, sucedido, paradójicamente, previo a su venida al mundo. Ejemplo: la muerte de José, acaecía en 1920.

Gallito, aupado para salir por la Puerta del Príncipe. Felicidad generalizada
Dotado de unas cualidades innatas para la interpretación del género (además, cantaba fandangos), contaba con la fortuna de poseer ascendencia artística notable, por ambas partes. Gentecilla corralera, arrabaleros trianeros, narradores de anécdotas y personajes pretéritos, del último tercio decimonócico y desde el Desastre de 1898 hacia adelante. Paco, se encargó de grabar a fuego recuerdos y su legado, entre viejos y jóvenes, padres e hijos, corraleras o fandangos mediante, continúa iluminado por el pueblo hispalense.

Remitiéndonos a lírica y contenido musical, para snobs o lectores lejanos a Andalucía, la sevillana se estructura en cuatro partes, cuya nominación posee la siguiente sencillez: primera, segunda, tercera y cuarta. Sólo reproduzco las dos últimas, justamente venidas al asunto taurino y realmente interesantes para propósitos divulgativos, referentes a la materia.

Fíjemonos en cuatro apellidos: Gómez Ortega y Palacios Ortega. Coinciden los segundos, ¿cierto? No es casualidad. Por rama materna, Magdalena Ortega Miró, madre de El Pali, guardaba parentesco con Señá Grabiela (sic), José y Rafael, a pesar de la imposbilidad coetánea con alguno. La letra retrata, perfección y transformación de época y ciudad, atravesada, de igual manera, en años previos a la Exposición Universal de 1992, sólo que, en este caso, en torno a la Exposición Iberoamericana de 1929, donde, por ejemplo, en manos de Aníbal González, se construirían monumentos capitales como la Plaza de España y, sin ser un experto en materia arquitectónica, los edificios llamados de estilo "regionalista". Mientras tanto, La Alameda de Hércules se erigía como centro neurálgico de socialités flamencas y taurinas: Chicuelo, Joselito el Gallo, Rafael el Gallo y, seguramente, otros tantos héroes anónimos, maltratados por la hagiografía histórica de revisteros antiguos.

Rafael, doctorando a José
"Mu serio, Joselito; de guasa, el Calvo [...] Gallito, que ha cortao, orejas y rabo". Acertado y fiel reflejo idiosincrásico y estilístico. Triunfo abismal de José, majestuoso, severo, serio y ansioso por repetir honores en la próxima tarde, rallando igual o mejor nivel; y Rafael, Divino Calvo, que, hoy sí, ha formado el lío, con un toro bien visto y sin recurrencias a "espantás" y ese "origen anticombativo del toreo", como señala Delgado de la Cámara en sus publicaciones. 

"A hombros, por Trajano, mi arma, vienen Los Gallo [...]". Desde la Puerta del Príncipe, pobretón y terrateniente quisieron mancharse harapo y frac, relativamente, de sangre y, por qué no, haber arrancado algún trozo de tela a lo largo del kilométrico camino (1,8 kms, apróximadamente) de El Arenal a La Alameda. Y, de paso, al llegar a casas, vacilar de haber zarandeado a su Gallito, llevarlo reposado entre sus hombros y cuestionar el belmontismo de su hermano, el chico, tan cool en aquellas temporadas de la segunda década del veinte y más allá.

martes, 3 de octubre de 2017

Galleo del bú, la majestad de Joselito el Gallo


El autor del añorado libro sobre Gallito ("Joselito el Gallo: el rey de los toreros", Espasa), necesitado de urgente reedición, Paco Aguado, tal vez sea uno de los mayores admiradores y conocedores, junto a José Morente, de La Razón Incorpórea, en lo que a la figura del pequeño de los hijos, de Fernando Gómez 'El Gallo', respecta. Este lance capotero, casualmente, inspiración nominal para esta bitácora, no prueba sino la majestad de la leyenda.

Gallear, por cuestiones etimológicas, responde a "gallo". No animal, sino estirpe. Aquella parida y continuada por "Señá Grabiela" (sic), famosa bailaora gaditana, y Fernando, torero mediano en su época, el siglo XIX. En la Huerta de Gelves, donde nació José y, posteriormente, en Alameda de Hércules, la esencia taurina familiar produjo en Gallito, amén de sus magníficas aptitudes innatas para lidiar reses, el conocimiento de la tauromaquia antigua. Matadores con quienes su hermano, Rafael, el Divino Calvo, o su padre, habían compartido cartel o, simplemente, visto, desde el tendido, un día de festejo.

Transcribiendo palabras de Aguado: "con el capote, Joselito el Gallo fue un torero variadísimo [...] Había una fantasía capotera, en su repertorio, tremenda: largas, remates, verónicas, toreo capote al brazo, toreo a una mano, revolera, recortes, galleos... Por ejemplo, resucitan el que llaman el galleo del bú. El bú, en Andalucía, en esa época, se llamaba a los fantasmas. Entonces, se cubría con el capote entero, como si fuera la capa de un fantasma y galleaba al toro, por la espalda, con los vuelos del capote".


Gallito, acariciando la punta del pitón derecho | Descabellos

Esta diversidad, en los primeros tercios, no emana de la casualidad, sino gracias a una concepción taurómaca de época, distinta a la actual. A principios del XX, cuando José desarrolló su carrera como matador de toros, además de un toro distinto al actual, sin apenas selección ganadera considerable (gracias a él y su imperio en el toreo, este aspecto comenzó a obtener consideración desde las fincas) y la desprotección del caballo (el peto no se implantó reglamentariamente hasta 1927, en la Dictadura de Miguel Primo de Rivera), la lidia pivotaba sobre el tercio de varas. Para un ganadero, era más importante apuntar cuántos caballos había despanzurrado, desequilibrado o, simplemente, el número de ocasiones acudidas al encuentro con el picador. Incluso las propias empresas, explotadoras de los cosos, contrataban infinidad de corceles, en previsión de la sangría.

Por tanto, frente a la necesidad de afrenta con el varilarguero, ¿cómo podía lucirse el matador? Quitando de camino hacia la puesta en suerte. De ahí, la riqueza de Joselito con la capa, única y sin igual en la historia del toreo y correctamente ensalzada por la crítica. La faena, a diferencia de hogaño, apenas duraba doce, quince pases y a matar. El pópulo pagaba por lo del corcel.

Prosigue Aguado, en referencia a este galleo: "esto era un quite que hizo, en su día, Paco Frascuelo, hermano de Salvador Sánchez, 'Frascuelo', que estaba especializado en estos galleos y Joselito el Gallo se enteró de que lo hacía este hombre cincuenta, sesenta años antes y lo recuperó para incorporarlo a su repertorio. Una absoluta enciclopedia".

¿Acaso no demuestra este dato la dimensión torera del gelveño? Qué majestad debe contenerse adentro para bucear en medio siglo atrás, practicarlo delante de miles de personas y ejecutarlo con esa perfección y autoridad, tan personal. Seguramente, la dedicación profesional, por parte genalógica, facilitara el camino, pero, teniendo en cuenta época, donde la existencia de hemeroteca se antojaba inconcebible y, mucho menos, un servidor de vídeos como Youtube, donde consultar faenas históricas, valoremos la magnitud del matador, como siempre he argüido, vilipendiado, injustamente, por la crítica y el aficionado, en favor de Juan Belmonte.

A modo de broche, he querido incluir, en el documento audiovisual, al genio de La Puebla del Río, quien cumpliera, en el día de ayer, treinta y ocho años, José Antonio Morante de la Puebla. Pareciera la marisma, el otro lado, la otra orilla del río, alimentar la genialidad, la torería y un duende especial. Triana, Gelves, La Puebla del Río... Belmonte, Joselito y Morante. Vestido de corto, tentando, efectúa la remembranza de Gallito, evidenciando, aun más, la orfandad de la fiesta en términos de torería, la automatización del matador y la renuncia a la búsqueda de personalidad propia, con abandono hacia el populismo y lo estereotipado. Quién sabe (el tiempo dirá) si tendremos suerte y, una tarde loca, en La Maestranza, allá por abril, desate la locura con un galleo del bú, como ya sucediera en aquel molinete con el palillo roto.