sábado, 24 de febrero de 2018

Ignacio Sánchez Mejías, en Nueva York

"Dile a la luna que venga,
que no quiero ver la sangre
de Ignacio sobre la arena"

Federico García Lorca

Preparado para practicar boxeo | ABC.es

Para derribar el manido tópico de barbarie e incultura, sólo necesitamos bucear en la longeva historia de la tauromaquia. Cierto es, por un lado, el surgimiento de espadas desde las capas más llanas y, a veces, analfabetas de la sociedad, pero no podemos negar la importancia de figuras como Juan Belmonte o Ignacio Sánchez Mejías dentro y fuera del planeta de los toros, en interrelación con otros ámbitos culturales.

1927. El peculiar matador abandonó los ruedos por segunda ocasión (anteriormente, en 1922). En plenitud de facultades psicofísicas para practicar la profesión, la hostilidad del aficionado ante sus comparecencias, como ya sucediera con Guerrita o su cuñado Gallito, provocó el abandono de los cosos, no sin contar con la presencia de Rafael Alberti, una tarde veraniega, enrolado en su cuadrilla.

No podemos afirmar el absoluto pensamiento en torero por parte de Ignacio, pues, desde bien pronto, destapó, en público, tremendas aptitudes e inquietudes artísticas. Sin ir más lejos, en 1925, pronunció una conferencia en Valladolid, deleitando al público con la lectura de fragmentos pertenecientes a una pieza narrativa de cosecha propia. A lo largo de esa misma temporada, el diario La Unión contó con su pluma para la redacción de crónicas taurinas, valorando, con honestidad, fracasos y triunfos propios.

En disconformidad con esta prima intromisión y, con total seguridad, animado por camaradas contertulios de la Generación del 27, tomó bolígrafo y papel para estrenarse como dramaturgo, a lo largo de 1928. Primero, "Sinrazón", en Madrid; después, "Zaya", representada en Santander. Fascinado por flamenco, deporte, literatura y teatro, pareció olvidar al toro, aunque siempre permaneció presente, en alma y mente, durante toda su existencia.

Junio, 1929. Federico García Lorca, desengañado y depresivo tras finalizar romance con el escultor Emilio Aladrén, decidió migrar, junto a Fernando de los Ríos, hacia Nueva York, enmascarado en el aprendizaje de inglés y la composición de un futuro libro de versos ("Poeta en Nueva York"). Sánchez Mejías, deslumbrado por el éxito, allende los mares, de "El amor brujo", creado por Manuel de Falla, bocetó "Las calles de Cádiz", buscando la ayuda del poeta granadino para guionizar el espectáculo. Esta obra, con La Argentinita como protagonista, provocó la migración del matador hacia Estados Unidos.

Presentes en territorio yanqui, no faltaron tertulias hasta el amanecer, imitando las nocturnas de Pino Montano. Esta vez, las paredes del Royal Café escucharon la propuesta-trueque de García Lorca a Sánchez Mejías: mi guión por tu conferencia sobre tauromaquia. El matador de toros, reticente en principio, no dudó en aceptar, siguiendo fielmente su estilo arriesgado y aventurero.

Siguiendo la línea de Pepeíllo, Paquiro, Guerrita o Domingo Ortega, podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, el cariz ensayístico-pedagógico de la comparecencia del diestro en la Universidad de Columbia. O séase, la "Tauromaquia de Ignacio Sánchez Mejías", destacando grandes conceptos:

Junto a Galerín, crítico taurino | Archivo familiar Sánchez Mejías

TAUROMAQUIA.– "Es la ciencia del toreo y el toreo es la ciencia de la vida. Saber torear es saber vivir".

EL TORO Y EL TORERO.– "El toro es el principal protagonista de la Fiesta. El que embiste; el que acomete; el que quiere enganchar al torero para herirle o matarle. Es el peligro, la muerte. El torero, que sortea el peligro, burla a la muerte, traficando con ella, el hombre que crea unas reglas, un arte para no morir; el que se enfrenta con el toro, con el peligro, con la muerte y, en sus propias narices, elabora su triunfo, conquista su bienestar y gloria".

EL CABALLO.– "Pacta con el hombre, contra el toro, contra la muerte".

EL CAPOTE.– "Es un trozo de seda de varios colores, utilizado para llamar la atención del toro, para atraerlo, para invitarlo al juego, a la lucha. También sirve para trastearlo, adivinar sus intenciones, para establecer la categoría del peligro. El toro abanto, corretea, va y viene de un lado a otro, hasta que encuentra nuestro capote, como la idea vagabunda que un día se para en nuestros pensamientos. El capote es la imaginación del torero".

LA PICA.– "Es la garrocha del picador; su misión es herir suavemente al toro en el morrillo, que es el sitio de la muerte, mientras los cuernos tiran cornadas al aire. La herida hecha en el cuello del cornúpeta es como un carril, una vereda que se abre para nuestro camino, para nuestra seguridad; es como un túnel que hace posible el recorrido por debajo de la muerte, por debajo de la nada, hacia la vida, hacia el ser".

LAS BANDERILLAS.– "Son las flores que el torero fácil, el torero dominador, el torero seguro... pone esquivando la muerte. Es una suerte a cuerpo limpio; es la manifestación poética del lidiador que la practica. Es sólo un derroche de alegría infantil, que se descara inconscientemente con el peligro".

LA MULETA.– "Es la herramienta en los trabajadores del toreo. El que la domina, sabe manejarla y conoce sus secretos, juega tranquilo con el peligro, con la muerte. La muleta es el pararrayos de las cornadas; la maquinilla donde la muerte se estrella".

EL ESTOQUE.– "Es el rayo de plata y sangre que tiene en la mano derecha todo el que triunfa de la muerte".

LA PUNTILLA.– "Se clava en la nuca del toro rebelde, del enemigo marrajo, del de la muerte moribunda, que se empeña en estropear nuestro triunfo con las malas artes de la resistencia".

EL PÚBLICO.– "Va al sol o a la sombra. El sol es la entrada barata e incómoda; está casi siempre situada a la izquierda de la presidencia  y la frecuenta el pueblo. La sombra es la localidad cara, confortable y presumida, a la derecha de la presidencia; la frecuentan la aristocracia, los militares, el clero y las mujeres. Las mujeres, en todos los espectáculos de la vida, tienden a acomodarse a la sombra, entre los clérigos y los aristócratas, frente al pueblo".

LA BRAVURA DEL TORO.– "Tiene un sitio donde nace; lo mismo que el petróleo tiene un sitio donde brota. La fiereza del toro la da la hierba que nace del suelo y, a tal extremo, es esto cierto que, cuando una ganadería entera cambia de un lugar a otro, aun dentro de España, se hace mansa a la tercera generación. Es de vital importancia, para la ignorancia extranjera, aclarar esto: al toro bravo se le cambia de terreno y a los veinte años nace manso. Por el contrario, al inofensivo se le lleva al terreno donde se cría el bravo y a los veinte años es una fiera. Al toro bravo de Andalucía, Castilla o Navarra, se le lleva a Inglaterra o Norteamérica y acaba dejándose acariciar por el hombre. Y a la inversa, al astado inglés o norteamericano se le lleva a los cortijos andaluces y en varias generaciones embiste como si fuera de Miura, pasea su furia por el mundo, en medio de los gritos de una civilización indefensa".

LA CRUELDAD DE LA FIESTA.– "Es necesario que sepa todo el mundo que el toro es una fiera. El día que la curiosidad del mundo repare en este pequeño detalle se hablará en otro tono de nuestras corridas de toros, de ese deporte viril de una raza, que hizo de este planeta que habitamos un paseo, porque nos ha acostumbrado a jugar con la muerte, entre los cuernos de los toros bravos. En resumidas cuentas: el toro bravo sólo sirve para la creación artística a que da lugar, con una lidia de tal emoción y belleza que, aunque el toro fuese una palomita, tendría su justificación".

Observando al toro desde el estribo

Tras esta batería de conceptos desarrollados, profundizó en la obra símbolo de la literatura hispánica: El Quijote. Demostrando excelso conocimiento de Alonso Quijano y Sancho Panza, señaló: "El caballero manchego sabe lidiar y librar a su caballo de la cornada. Sabe nadar y guardar la ropa, para lo que no sirve, en cambio, su fiel criado, quien sólo se preocupa por la comida. Es la perturbación de su amo. Su rémora, su ancla. Es la amargura del triunfo de su señor. El hacha que poda todas sus alegrías e ilusiones. Don Quijote tiene su cuerpo lleno de heridas, de cornadas propinadas por los toros. Porque el toro hiere y mata. Es la muerte. Al hidalgo castellano le cogieron algunos toros y hubo uno, el terrible toro del norte, que a punto estuvo de matarlo. Pero él no se dejaba atrapar fácilmente. Para evitarlo, tiene su arte, su tauromaquia. Él sabe que, cuando los toros son fuertes y poderosos, lo mejor es cambiarlo de terreno, llevarles de un sitio a otro, abriendo nuevos horizontes a la vida. Ése es el arte de torear. Don Alonso Quijano descubrió que el mundo tiene forma de ruedo; que es redondo por los cuatro costados. Y, como sabía torear, cuando vio que el toro le comía el terreno, lo cambió de tercio; de la mitad vieja del mundo a la otra mitad; a la mitad nueva del mundo. Y eso lo puede hacer solamente el que está acostumbrado a torear a todos los toros en todos los terrenos. Así lo hizo él, aunque al precio de derramar su sangre. Don Quijote ha regado más d emedio mundo con su sangre, enseñando su arte, de ser y de estar, eternamente, por los siglos de los siglos, dormido y despierto, a toda hora y en todo lugar".

El público, boquiabierto y foráneo, atendió a sus últimas disertaciones, referentes, de nuevo, a la crueldad de la fiesta: "España, país de artistas, de cuya sensibilidad no puede dudarse, presencia las corridas de toros sin darle importancia a la sangre, porque hay otros valores implicados en la fiesta. España, Roma, Grecia... Van a la plaza, al circo, al Olimpo y enseñan, en la puerta, su certificado o credencial de educación artística. El torero se juega la vida a cara o cruz, sin más ventaja que su inteligencia. La superioridad física es del toro, que dispone de la muerte y tiene la intención de utilizarla. El toro es la bala segura que viene derecha a matarnos. La virtud del torero está en no asustarse de la muerte [...] No se puede hallar un detalle que compita en belleza con la realización artística del toreo. Es verdad que muere el toro y puede morir el torero. Pero... ¿cómo? ¿y por qué? El toro muere repleto de furia, de soberbia, de odio... por matar. El torero, vestido de sea y oro, sobre el amarillo albero, bajo los rayos de sol a cielo abierto, lucha jugando con la muerte, que traza círculos negros alrededor de su cintura".

Aún permaneció, en suelo estadounidense, unos días más. Junto a Federico, quien pagó su deuda; al lado de Encarnación López, amante, musa y protagonista de la obra; y el resto de la pléyade hispana, presente en la fiesta dada, en su honor, por el Instituto de las Españas. Regresó a España, viviendo la convulsa etapa de los treinta, hasta que ese maldito toro, Granadino, en 1934, arrancó la vida del padre de la Generación del 27.





Bibliografía

Revista de Estudios Taurinos, Nº11. Sevilla, 2000

GARCÍA RAMOS, Antonio y NARBONA, Francisco. "IGNACIO SÁNCHEZ MEJÍAS". Espasa-Calpe. Madrid, 1988

miércoles, 14 de febrero de 2018

Oro, plata y bronce

Antoñete y Atrevido | Fragmento vídeo

Las clases magistrales ofrecidas por Antonio Chenel, durante su período televisivo, merecen eterna remembranza para comprender el toreo. El espectador, víctima del particular tándem, junto a Manuel Molés, disfrutó hasta del más sonoro petardo de la historia, porque el maestro reveló tal anécdota, equis particularidad y el castellonense colocaba la guinda.

A finales de los noventa, en un programa especial, Antoñete ejemplarizó la clasificación olímpica (oro, plata y bronce) del muletazo, según longitud de trayectoria. Esta distribución, ideada por Paco Parejo, cuñado de Antonio y mayoral de Las Ventas, sirvió al venteño para medir la brillantez frente a su lote.





Esclarecida la descripción de cada estamento, resulta conveniente ejemplarizar con casos prácticos, sin anquilosarnos en la teoría. De esta manera, se comprende con mayor facilidad y, de cara al futuro, por televisión o en la misma plaza, poder distinguir la calidad del matador.




Ocupando el cajón clasificatorio superior, encontramos a Morante de la Puebla y José Tomás. Ambas comparecencias se ubican en Las Ventas. Aquella gloriosa tarde del cigarrero, en 2009, ante "Alboroto", de Juan Pedro Domecq, viene como anillo al dedo. Con particular plasticidad y sevillanísimo garbo, José Antonio compone una serie de muletazos con la muleta echada adelante, bien planchada y girando férreamente sobre talones, componiendo el súmmum del toreo en redondo.

José Tomás, ante un ejemplar de El Torreón, borda la tauromaquia. En sus primeras temporadas como matador de toros, ejecuta un estilo con mayor ortodoxia y no menor valor que actualmente. Zapatillas asentadas, compás abierto, "pata pa'lante" y verdad como bandera.




Manolete. El califa, a pesar de hagiografías y ríos de tinta en contra, citó a los toros a la altura del cuerpo y lidió con acusada posición perfilera. Tales características no desdicen la grandiosa aportación del cordobés a la historia, culminando la frase pronunciada por Juan Belmonte: "llegará un día que alguien toree, a todos los toros, todas las tardes". Instrumentaliza y normaliza el toreo en redondo, creando escuela.

La archiconocida y mítica faena a "Atrevido", el toro blanco de Osborne, en 1966, ocupa una de las grandes páginas en la biografía de Antoñete, pero, según testimonio del diestro, ni de lejos fue su mejor tarde. Efectivamente, un toreo de plata (y, a veces, oro), nos confirma la hipótesis de Chenel, destacando, en la década ochentera, con mayor brillantez. Véase el toro de Garzón.




En última instancia, César Girón, en la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, durante la Feria de Abril 1954. Si ya han comprendido al maestro, sumado a los ejemplos anteriores, poco queda por explayar en este último escalón. Las imágenes, en conjunción con la teoría, hablan por sí mismas.

domingo, 28 de enero de 2018

Pinacoteca taurina (II): "El Chepa de Quismondo", por Ignacio Zuloaga

El Chepa de Quismondo

Aquel Madrid castizo, compuesto por tertulias, cabarets y mocitas, contó con una señera, organizada por José María de Cossío, en el antro de Antonio Sánchez, retratada por el madrileñista Antonio Díaz-Cañabate en "Historia de una taberna". El propio escritor, crítico de ABC, sucesor de Gregorio Corrochano, participó en aquellas reuniones junto a toreros, literatos, poetas, eruditos, historiadores, pintores, escultores, ingenieros, abogados, políticos, cineastas, críticos y variopinta cabaña humana, diversa en ocupación.

Eugenio D'Ors, Sebastián Miranda, Francisco de Cossío, Gerardo Diego, Joaquín Rodrigo, Juan Belmonte, Rafael El Gallo, Edgar Neville... E Ignacio Zuloaga, autor del lienzo tratado. El pintor vasco, gran amante de la tradición pictórica hispana, en contraposición con las moderneces imperantes, cubistas y surrealistas, fue un gran retratista de la vida llana nacional.

Inducido por el artista y Cossío, autor del tratado "Los Toros", Antonio Rodríguez, nombre y apellidos originales de "El Chepa", acudió a la velada habitual y, causando gracejo entre los componentes, fue objeto de representación, debido a la exótica conjunción entre vocación profesional y defecto físico.

Nacido en 1912, en Quismondo, provincia de Toledo, enfermo de escoliosis, bohemio y peluquero por obligación, soñó con grandes triunfos vestido de luces. No sucedió así, aunque, al menos, logró estoquear novillos por cuantiosas plazas pueblerinas, seguido de dos comparecencias llamativas: en 1936, plaza de Tetuán de las Victorias; y 1941, como sobresaliente en un festejo nocturno venteño. La obra de Cossío señala, también, habituales comparecencias en números de toreo cómico.

El Chepa, en el estudio, junto a su retrato

Según biógrafos del artista eibarrés, confeccionó este cuadro tras aplazar la reproducción de Manolete, ocupado en amoríos, idas y venidas durante aquellas calendas. Junto a Domingo Ortega, Azorín y Ortega y Gasset, El Chepa de Quismondo entró en el elenco de ilustres retratados, aunque, por motivos económicos, jamás pudo adquirir el lienzo, permaneciendo en el estudio de Zuloaga hasta la muerte de éste, en 1945.

Antonio, afamado chepudo, torerillo errante y soñador de imposibles, falleció también en los cuarenta, aún convencido de labrarse un hueco entre los grandes libros de críticos taurinos. Ojalá hubiera podido codearse con Bienvenida, Manolete, Pepe Luis y Arruza. No tuvo suerte ni hechuras, mas sí férrea e inquebrantable voluntad.

lunes, 22 de enero de 2018

Antonio Bienvenida, honradez y veto

Antonio Ordóñez, Antonio Bienvenida y Carlos Corbacho, en la Goyesca de Ronda | Pinterest

Las alcantarillas del toreo, detrás del precioso atrezzo y la belleza verdadera un arte milenario, poseen capítulos dignos de reseña. Existe constancia concerniente al fraude del afeitado desde el siglo XIX, cuando Rafael Guerra "Guerrita" relataba cómo bañaban reses en el río Guadalquivir y, aprovechando su obvia torpeza en el medio acuático, desmochaban defensas naturales. No fue hasta décadas más tarde, con la figura de Antonio Bienvenida, cuando públicamente se denunció en los medios de comunicación. El califa cordobés ya no practicaba su profesión, mientras Antonio aún continuaba en activo.

La Guerra Civil aportó una completa devastación de la cabaña brava. Por consiguiente, las exigencias de trapío y selección tras la finalización del conflicto nada se parecen a las de hoy día. Se lidiaron utreros, eclipsados por la irrupción de grandes figuras, como Manolete, Pepe Luis Vázquez o Carlos Arruza.

Con la muerte del cordobés, la abulia de Pepe Luis y los intermitentes conflictos diplomáticos con México, surgió una nueva camada de diestros, variopinta, sumada a matadores de menor destello en posguerra. Antonio Bienvenida, hijo y hermano de toreros (el mítico Papa Negro), tomó alternativa en 1942 y, en maestro, algo envejecido bajo los cánones de aquellas calendas, diez años más adelante, lidió en beneficio del Montepío (fundado por Bombita y cobijado, a posteriori, por Marcial Lalanda), acompañado por Juanito Silveti y Manolo Carmona.

El éxito de los tres espadas se prolongó en un banquete homenaje, esa misma noche, donde barruntaron el excesivo fraude existente. Al día siguiente, denunciaba, de manera pública, en ABC,  la excesiva manipulación de pitones, provocando escarnio en el establishment, desde ganaderos a empresarios, sin obviar a camaradas. Tristemente, sólo halla adhesión por parte de Antonio Pérez Tabernero, buen amigo e íntimo valedor durante el difícil trance venidero.

"¿En qué momento perdimos integridad, ética y vergüenza torera? ¿Acaso no somos héroes del pueblo a tenor de dificultad y riesgo?", pensaría Antonio para sus adentros. Reflejo de su personalidad, no señaló específicamente ningún nombre, mas sí hirió orgullo, prestigio y moralidad de cuantos participaron en el juego. Cuando aparecían noticias de cornadas, no tardaban los mentideros en estirar el dedo índice para señalar al nacido en Caracas.

Antonio Bienvenida y Orson Welles | Twitter

Antonio Ordóñez, nuevo dueño y señor del toreo, encabezó un boicot, donde no dudaron en sumarse espadas como Rafael Ortega, Jumillano, Pedrés o Antoñete. No querían un mal compañero a su lado, destapador de la caja de los truenos y provocador de mayores riesgos vitales. ¿Cuál es la esencia de las corridas de toros, si no la culminación de un arte mayor en detrimento de la propia vida?

En 1953, alternó con matadores mexicanos, incipientes o de segunda fila, como Juanito Silveti, Manolo Vázquez, César Girón, Cayetano Ordóñez (paradójicamente, hermano de Antonio), Juan Posada, Calerito, Martorell, Dámaso Gómez, Cagancho o Pepote Bienvenida, su sangre. Bienvenida, torero predilecto en Las Ventas, no pisó San Isidro en la temporada siguiente. Sí el día de San Fernando, encerrado con seis gracilianos y cortando tres orejas. Puerta grande.

Volvió al coso capitalino, el primero de julio de 1954, retándose con Julio Aparicio, también instigador de la censura. Oficialmente, a raíz de esta tarde, cesó su calvario. Durante las próximas temporadas (retirado en 1974), regresó al circuito, no indemne de actuaciones pasadas. Siguieron sucediendo percances y continuó existiendo un único culpable.

Honradez y valor (no sólo en el ruedo, sino fuera) sirvieron para inmiscuir legislativamente a las autoridades en mayor grado, regulando integridad de astas, peso y edad. No se eliminó el afeitado, pues, décadas después, con el estrellato de Manuel Benítez, se cometieron grandes fechorías, pero quedó grabado, para la historia de la tauromaquia, un ejemplo digno de torería y honestidad hacia afición y la propia profesión, hogaño necesitada de admiración social.

jueves, 28 de diciembre de 2017

Homenaje a Barnaby Conrad

Conrad, vestido de luces | theparisreview.org

– ¿Qué, ya has toreado a un toro, o no?

– Me falta valor. A una vaquilla, sí.

Ensamblando mueca socarrona, Ignacio, librero de viejo predilecto, propietario de la Librería Anticuaria Los Terceros, ubicada en la Calle Sol, a dos minutos de Ponce de León, donde mueren una docena de líneas del autobús urbano, sabe de mi visita periódica con sed de algún título taurino óptimo, como "Cuentos del viejo mayoral" o "Media docena de rollos taurinos". Ambos, con autoría de don Luis Fernández Salcedo, fueron mis adquisiciones más recientes. 

El antro produce orgasmos al más asexual, siempre que ostente condición bibliófila. Una columna flanquea, a modo de pilar, situada en el extremo derecho del escaparate, aportando una esencia renacentista digna de admirar. Al entrar, anarquía: padre o hijo, de mismo nombre, fuman tabaco, mientras amontonan pilas de libros, por falta de espacio, en la superficie. La clientela vip, como servidor, cuenta con honores privilegiados: poder compartir conversación y Marlboro con los patronos del escondrijo. Algún espontáneo, en esas, entra, observa sorprendido la humareda y agasaja tímidamente, en búsqueda de obras sobre la Historia de Al-Ándalus o recopilación de mapas en la Sevilla del dieciséis. El datáfono rara vez funciona correctamente. Llevad efectivo si alguna vez compráis allí.

Seguidamente, tras chupar el cigarrillo, relató una curiosa anécdota sobre Rafael El Gallo y Juan Belmonte en los cafés de Calle Sierpes, así como el tirón comercial del Divino Calvo, excepcional vendedor de papel, casi sesenta años después de su muerte, con sus anécdotas artísticas. Dejé caer falta de marcapáginas y sacó un talón envejecido desde el escritorio-despacho.

Librería Los Terceros

– ¿Nunca has estado en la plaza del pueblo?

– ¿De qué pueblo eres?

– Castillo de las Guardas. Tenemos un coso especial, empedrado. Hasta los burladeros, aunque hubimos de cambiarlos. Cada vez que el toro remataba... [ríe] Ah, también la finca de Juan Pedro Domecq.

– Nunca he estado.

Arrancó papelillo de la chequera. Estiró su brazo y me hizo llegar una entrada taurina. Antes de poder esclarecer contenido, Ignacio arrancó a hablar de nuevo, imagino en pos de explicar la historieta del ticket.

Es una entrada de un festival celebrado en mi pueblo. Viajaron media docena de autobuses, repletos de guiris, provenientes de Inglaterra y Estados Unidos. Hace quince años, en homenaje a Barnaby Conrad, quien toreó junto a Belmonte. Han pasado ilustres por allí. Hasta vi a Curro en una ocasión. El muy mamón no quiso hacer nada aquella tarde [ríe].

Anverso de la entrada
Barnaby Conrad (1922-2013) colaboró, y perdonen la osadía, tanto o igual que Hemingway de cara a la evangelización taurina en órbita anglosajona. Inspirado por la figura de Manolete, escribió "Matador", novela best-seller, basada en la biografía del Califa, junto a varios tratados (en inglés) sobre cómo torear, puesto que el californiano ostentaba la vitola de aficionado práctico con importancia. Gracias a la diplomacia, residió en Sevilla y pudo sentir el mundo taurino en su máximo esplendor, granjeando amistad con el Marqués de Pickman o Manolo Caracol, personajes pertenecientes a la alta sociedad hispalense.

Bautizado artísticamente como "El Niño de California", este yanqui fundó un night club en San Francisco, llamado "El Matador", donde la crème hollywoodiense paseaba esmóquines y vestidos caros. Asimismo, trabajó pintando, tocando el piano (en Perú), incluso boxeando. Semejante personaje polivalente encajó con el Pasmo, siempre interesado en la cultura y sus gentes, decidiendo torear, en el municipio castillero, en el año final de la II Guerra Mundial, con la intervención decisiva de Estados Unidos en el conflicto. Juan y Barnaby poco escatimaban en patria y guerras, sólo querían vivir y torear.

Reverso

Cincuenta y siete años después, cifra azarosa, emanó esta conmemoración al cosmopolitismo geográfico, político y social de la fiesta de los toros. Frank Evans, matador de toros, nacido en Manchester, actuó como mandamás ante teloneros prácticos de Arizona, California, Francia o Londres. 

Con erales de Concha y Sierra, cortaron abundantes orejas y rabos, en un ambiente, como su propio nombre indica, festivalero. En pleno abril, celebrose a mediodía, con intención de recibir afluencia por parte de aficionados provenientes de toda la geografía provincial, teniendo en cuenta la comparecencia de Ortega Cano, Rivera Ordóñez y Eugenio de Mora, aquella misma tarde, en la Real Maestranza de Caballería de Sevilla.

Porque, parafraseando aquella frase gaditana, "los taurinos nacemos donde nos da la gana".

miércoles, 13 de diciembre de 2017

El mechón blanco de José Tomás

Paseíllo | Tadeo Alcina
El diestro de Galapagar fascina y aún no ha tocado un trasto. Su simple presencia en el patio cuadrillas destella misterio, aislamiento, estoicismo y seriedad. Tan brilloso traje de luces parece contrastar con su expresión. Quién transitara por aquellos valles neuronales, un par de días, no más, como si tratase de una excursión a la montaña, para descifrar pensamientos y sentimientos de una figura de época, incapaz de crear indiferencia, para bien o mal.

La México, magnánima, luce preciosa y hasta la bandera. Su Virgen de Guadalupe, decorada en el albero, y unas gradas caldeadas, esperando a su hijo pródigo. José Tomás debe mucho a su país de adopción y no pasa inadvertido en su conciencia: forjó carrera novilleril a lo largo de esta geografía e insufló, más si cabe, su nacionalidad mexicana en Aguascalientes, a 500 kilómetros de aquí.

El hilo del toreo, esbozado por José Alameda, crítico hispano-mexicano, no falla. Si por Manolete, ídolo y modelo a seguir por Tomás, hubo de ampliarse este coso; el galapagueño bien podría justificar otro aumento dimensional, a buena cuenta de su éxito en taquilla. Si Manolete, acompañado por Lupe Sino, fue idolatrado por México, mientras los prejuicios sociales de época no tardaron en vilipendiarlos por la madre patria; podríamos afirmar igual con respecto a José Tomás.

Desde España, harto del trapío en las últimas corridas celebradas y, también, debido al cambio horario, caía al primer o segundo toro. Ayer, todo un país, con bandera tricolor; y medio del otro, rojigualda, evocaron una remembranza melancólico-romántica digna de desarrollismo franquista, amén del afán antitelevisivo de José Tomás: sintonizamos la radio local mexicana y, pegando la oreja a ella, esperamos sucesos del hombre de moda en la jornada. Como cuando sólo existían dos cadenas, en blanco y negro, con corridas de Camino, El Viti o Diego Puerta, y medio patio de vecinos transitaba hacia tu salón, porque el cuñado trabajaba en una tienda de televisores y, gracias a su intermediación, habías podido financiarla a plazos.

José Tomás y Morante de la Puebla | Tadeo Alcina
En homenaje a un magnífico espada de la Edad de Oro, José Tomás evocó a Rodolfo Gaona, componiendo un esplendoroso quite, ceñido, templado y, por la magnitud del personaje, histórico. Exégetas y detractores, a partes iguales, ya realizan su labor con sumo ahínco. Yo sólo siento frustración, por quien pudo haber mandado en la fiesta y llevarla a cotas inimaginables. Sin embargo, cayó en la abulia y la desaparición en ferias importantes, cuando la tauromaquia necesita figuras cosmopolitas como Román Martín, trascendentes más allá del propio mundillo, capaces de abrir informativos con puertas grandes (y no con desgracias, como viene siendo habitual), agotar papel del coso más resistente y hasta crear afición en el típico guiri, desertor de su localidad al tercer toro, harto de observar la misma película.

Hallo alegría cuando el nuevo mechón blanco del toreo realiza el paseíllo. Pareciera, esta característica física, un bien hereditario, transmitido de unos elegidos a otros. Como Manuel Laureano Rodríguez Sánchez. Como Antonio Chenel Albadalejo. Le toca portar estandarte, maestro. Ojalá lo obstruya más con la montera. Y si busca buena compañía en el burladero, póngase de acuerdo con nuestro Che Guevara cigarrero, híbrido decimonónico-cubista, José Antonio Morante de la Puebla. Pediré tal deseo a los Reyes. A ver si cuela.

sábado, 25 de noviembre de 2017

Ortega y Gasset, José Carlos Arévalo y 1986

Ortega y Gasset, al alimón, junto a Domingo Ortega | Cano
José Ortega y Gasset (Madrid, 1883 – Ibídem, 1955), bajo cánones sociales actuales, pertenecería al facherío recalcitrante, pues, además de filósofo y acérrimo defensor de la tauromaquia, desde un punto de vista intelectual, actuó como apasionado defensor de las humanidades y, hoy, ya se sabe, denostadas en detrimento de otras preferencias. Si, en un mitin, no pronuncias cuarenta mil tecnicismos anglosajones e imásdémási, no eres naide (sic).

Periódicamente, cuestiono el sino de genios pintores, como Velázquez, Murillo o Goya; poetas, como García Lorca, Manuel Machado o Gustavo Adolfo Bécquer; filósofos, como el propio Ortega o Nietzsche; bajo paraguas del siglo veintiuno: ¿hubieran engrosado filas de la posteridad, aparecerían en los libros o trabajarían bajo el calor de una campana de cocina, con hedor a frito, en un establecimiento de comida rápida, amén del criterio impuesto por cuatro mediocres?

Gasset, gran fascista, salió elegido diputado en 1931, perteneciendo a la candidatura llamada "Agrupación al Servicio de la República" (ASR). Asimismo, participó activamente en la Comisión Constitucional destinada a elaborar el tablero de juego regidor de la nueva forma de estado. A finales del período, criticó severamente la deriva republicana. Eso ya pertenece a otras lides. Aparquemos anécdotas políticas. Simplemente, excúsenme, debido al propósito demostrativo con respecto a la independencia política de la tauromaquia.

¿De dónde proviene su afición? Como en tantos casos, descendencia por vía paternal: José Ortega y Murillo, periodista, también ejerció como crítico taurino y apoderado de matadores. Aunque él, de manera humilde, siempre negó tal condición: "no soy un aficionado a los toros. Después de mi adolescencia, son contadísimas las corridas de toros a las que he asistido; las estrictamente necesarias para poder hacerme cargo cómo iban las cosas. En cambio, he hecho, con los toros, lo que no se había hecho: prestar mi atención, con intelectual generosidad, al hecho sorprendente que son las corridas de toros [...]".

Cierto y verdad, sin duda, su gran estrechez con el mundillo. Prueba de ello, su gran amistad con el Paleto de Borox, Domingo Ortega, con quien compartió grandes tardes en la finca de este (Navalcaide, ubicada en Madrid: observar foto al alimón); incluso acudieron, vestidos de corto, al Carnaval de Múnich. En marzo de 1950, aquella famosa conferencia del borojeño, titulada "El arte del toreo", en el Ateneo de Madrid, con beneplácito e intervención del pensador.

José Ortega y Gasset, Domingo Ortega y Cossío, en Navalcaide | Taurología
Durante los treinta, además, existe intercambio epistolar abundante, alentando a José María de Cossío a... escribir "El Cossío", acunado bajo mecenazgo de Espasa-Calpe. Finalmente, la enciclopedia taurómaca con mayor fama y prestigio, vio, en 1943, su primer tomo en la calle, gracias, en parte, a la insistencia de Ortega, la mano izquierda de Cossío y la participación, entre otros, de Miguel Hernández, poeta alicantino, partícipe en esta prima entrega.

Dos personajes carismáticos, como Rafael el Gallo y Juan Belmonte, disfrutaron cafés y tertulias cargadas de reflexiones junto al madrileño. El trianero de la Feria, siempre fiel a sus inquietudes culturales y literarias, más allá de su profesión, mantuvo, a lo largo de su vida, gran relación con artisteo y menudeo intelectualoide (desde la Generación del 98, con aquel homenaje en época novilleril; hasta los años sesenta, cuando falleció). El Divino Calvo, hermanísimo del archienemigo del Pasmo, paraba, ya con la coleta cortada, cada mañana en la Sierpes, acompañado del diario y varios habanos.

"La historia de las corridas de toros revela alguno de los secretos más recónditos sobre la vida nacional española durante más de tres siglos: y no se trata de vagas apreciaciones, sino que, de otro modo, no se puede definir con precisión la peculiar estructura social de nuestro pueblo durante esos siglos [...] estrictamente inversa de lo normal en las otras grandes naciones de Europa", en "La caza y los toros".

Esta última cita, con suma vigencia actual, sirve como argumentario para contrarrestar el antitaurinismo a nivel global. La externalización del conflicto hacia ámbitos europeos o mundiales siempre favorecerá la abolición, pues, mientras borgoñeses, bretones, flamencos, lombardos, ingleses o irlandeses vivieron en paz y utilizaron la ganadería destinada a fines más pacíficos, el crisol peninsular, con castellanos, navarros y aragoneses, hallábase en plena reconquista contra el moro, sirviendo, este mismo ganado, como entrenamiento marcial. De ahí, el famoso lanceo del toro a caballo, origen primario de las actuales corridas. O la archidivulgada leyenda de El Cid. Desde la Edad Media y hasta la revolución impuesta por González Fernández de Córdoba, en plena Edad Moderna, el peso de la batalla recayó sobre la caballería. Con los Tercios y el Gran Capitán, la infantería cobró mayor protagonismo. Curiosa equiparación entre historia política y taurina. Desvanecida la guerra por caballería, las horas del toreo a caballo merodeaba por minutos finales, dando paso a los chulillos de a pie, antes exclusivamente estoqueadores. Hete ahí gran parte esencial destilada por Ortega y Gasset.

Charlan Rafael Gómez Ortega y José Ortega y Gasset
No relataría esta parafernalia seudofilosófica sin intermediación de José Carlos Arévalo, magnífico periodista taurino, cuya supervivencia desconocía hasta visualizar, días atrás, el Kikirikí sobre Chicuelo, acompañado, también, de Domingo Delgado de la Cámara y José Morente. El tratadista, el crítico, afronta con frialdad la observación del objeto de su criterio, pero, curiosamente, responde con recelo al juicio sobre su profesión. Esto es, la crítica al crítico. Arévalo, de la Cámara y Morente (no quisiera dejar caer, en saco roto, a Álvaro Acevedo, por ejemplo) encabezan gran criterio y conocimiento sobre historia y técnica del toreo.

Invierno urbanita. Sin tentaderos, olor a césped, penumbra, chimenea, excremento, pelo de caballo y  cuernecillos de añojo; con luces de navidad, mercantilismo, blackfridays y comercios por doquier. A Dios gracias, encontré, en Plaza Nueva, la Feria de Libro Antiguo y de Ocasión. Hasta el 10 de diciembre, cuya visita recomiendo. Allí, durante horas, hojeando, atravesando diversos puestecillos, provenientes de todo el país, pregunto sobre libros taurinos: "poco hay", responden. En una de esas, encontré "La guerra secreta. Temporada taurina 1986", con autoría conjunta de Arévalo y del Moral, editado por AKAL.

En esta obra, Arévalo fragua una tesis concisa en base a esta frase del filósofo: "No puede compender bien la Historia de España, desde 1650 hasta hoy, quien no se haya construido, rigurosamente, la historia de las corridas de toros en el sentido estricto del término, no de la fiesta de los toros, que, más o menos, vagamente, ha existido en la Península Ibérica desde hace tres milenios, sino lo que nosotros actualmente llamamos con este nombre".

Parrafada magistral. Cito: "Es un tópico excesivamente manido recurrir a Ortega y Gasset para recordar que la fiesta de toros es un espejo lúdico y fiel de la realidad más profunda de cada época. Pero como todos los tópicos, alberga una gran dosis de verdad. Puede afrimarse, y no es más que un hallazgo referencial, que la España bipartidista de Cánovas y Sagasta compartía esa misma dicotomía con la rivalidad de Lagartijo y Frascuelo. Es cierto que, tras la muerte de Joselito, y la implantación del orden belmontino, empezó la tauromaquia del siglo XX, cuando el espíritu de esta centuria nacía en la primera posguerra. El belmontismo fue un "ismo" estético contemporáneo de otras vanguardias, como el surrealismo, el cubismo, el futurismo, etc. Y, si vamos, más lejos, a nadie le extraña que, bajo el reinado de Fernando VII, que promovió y persiguió, alternativamente, a realistas y apostólicos, la Fiesta fuera prohibida y después, mereciera una Escuela de Tauromaquia en Sevilla o que, bien visto, la toma de las ganaderías a manos del hidalgo burgués y, hasta entonces, en poder de la aristocracia y del clero, resultara ser una premonitoria desamortización. Pero esos ejemplos, entre los muchos que podrían citarse, son simples aproximaciones. Es más contundente seguir el devenir del empresariado en España, desde el siglo XVIII a nuestros días, siguiendo la transformación de la empresa taurina, cuando el sistema productivo español radicaba en las fincas, arcaicas explotaciones agropecuarias, y la explotación de las plazas estaba en manos de las antiguas maestranzas, de las juntas de hospitales, de las corporaciones locales. Entonces, el empresario de toros eres un pequeño concesionario que, en ocasiones, sólo detentaba la contrata de uno o varios tendidos para su comercialización pública (el vicio nacional de no pagar en los toros es una cuestión de prestigio social que procede de esta época). Su expansión y desarrollo coincide con el de la pequeña empresa, nacida en los intersticios consentidos por la comercialización de los productos agrarios y la permisividad de los gremios. La atomización de empresas taurinas pervivió en el campo hasta el éxodo rural de los años cincuenta de nuestro siglo y, en las urbes, hasta finales del XIX. Ello permitió a toreros y ganaderos ser los grandes señores del negocio durante la pasada centuria y un poder absoluto a José y Juan, que sólo tuvieron enfrente a muchos, dispersos y pequeños empresarios. En la década de los 20, surge, por fin, la empresa taurina, el empresario capaz de conseguir la contrata de varias plazas y, Pagés, que incluso obtiene para él y su descendencia la explotación de la Maestranza de Sevilla, es el símbolo paradigmático de todos ellos. Más tarde vendrían las grandes familias: Chopera, Jardón, Balañá... Fueron todos ellos excelentes aficionados, inteligentísimos taurinos, que comenzaron su verdadera expansión en los años 40, cuando las administraciones locales habían dimitido de sus funciones. La libertad de movimientos que se permitió en los 50, a patronos, y el desarrollo económico de los 60, consagraron su conquista y la configuración de una oligarquía ya libre del acoso impuesto por dos grandes apoderados, Domingo González "Dominguín" y José Flores "Camará" que, con la fuerza de Luis Miguel y Manolete, mandaron en la fiesta y fueron, intermitentemente, grandes empresarios.

Majestad manoletista | Sánchez
Analizando en profundidad, más allá de las estructuras económicas, el enraizamiento de la fiesta brava con la sociedad española expresa un misterio que ni la sociología, ni la investigación antropológica han sido capaces de desvelar y da, a cada paso, las señas de una telúrica identidad. ¿Por qué los españoles han convertido el uro salvaje en toro de lidia, su agresividad original en la moderna bravura? ¿Por qué los toreros y el pueblo, han configurado, cuando otros países iniciaban su industrialización, un rito deportivo y agrario con oscuras reminiscencias sagradas, en pleno siglo XIX? La historia taurina es una narración, realmente sucedida, que relata la saga de unos prototipos heroicos, protagonistas de un viaje interminable, cuyas paradas, de plaza en plaza (el antiguo corazón de las ciudades), sirven para restaurar ritualmente la lucha de la razón contra la naturaleza indómita; un acto revelador e imaginario de la profunda realidad de cada época. Los broncos años republicanos tuvieron por protagonistas a una amplia fila de toreros distintos y distantes, y una sorprendente variedad de encastadas ganaderías. La España solitaria y triste de posguerra se expresaba en la ascética soledad de Manolete frente al toro, y también convivió el estraperlo en la calle con el fraude en la Fiesta. Luis Miguel y Antonio Ordóñez devolvieron a la Fiesta las dos grandes tradiciones: el temple belmontino y el mando guerrista, en la plaza y fuera de ella. Y El Cordobés fue el más explícito testimonio de su época.

Los toros son un espectáculo instrínsecamente dramático, la expresión de una situación límite, en el sentido más sartriano de la expresión, tangencialmente sagrado por lo que de sacrificial tiene la lidia y el clamorosamente civil porque la democrática participación del público, arbitrada presidencialmente, se traduce en la soberanía del foro. Esta soberanía lúdica, único vestigio democrático bajo la dictadura, expresó su rechazo a la Fiesta heredada del franquismo, mediante una rebelión que tuvo por escenario el graderío y anunció la llegada de nuevos tiempos. Con la democracia, la Fiesta perdió uniformidad, los públicos se manifestaron libremente y las plazas revelaron, una oras otra, su singular idiosincrasia. Taurinamente, el centralismo ha muerto. Sevilla recuperó su capitalidad, reclamando incluso un reglamento andaluz. En el País Vasco, la presidencia dejaba de corresponder al Ministro del Inteiror, y la Ertzaintza sustituyó a la Policía Nacional. Aunque Madrid sigue detentando el poder, y es la plaza que da y quita en el toreo".




Bibliografía:

ARÉVALO, José Carlos. "La guerra secreta. Temporada taurina 1986" (1ª ed., AKAL, Madrid, 1986, págs. 23-25)

ORTEGA Y GASSET, José. "La caza y los toros" (1ª ed., AUSTRAL, Madrid, 1962)