lunes, 16 de octubre de 2017

'Escucha, Morante', por Álvaro Acevedo


"Escucha, Morante, te iba a tirar la chaqueta, pero es que me hacía falta para cuando saliera de la plaza, que fue a las tantas. Y fíjate cómo me veo, pegándole lances a los taxis, que van para el pescaíto, después de haberme emborrachado, como Dios manda, en estas escandaleras.

A mí, el toreo me duele, como a ti, Morante, pero mi chaqueta no se mece como tu capote; no tiene el compás ese de los flamencos, ni esa bamba que va y viene. Ni esa seda, Morante. Ni esa gracia, ni esa pena, ni esa agua, ni ese ángel. Ni ese cante.

Yo he visto hoy sangrar a tu capote por las venas. Lo he visto llorar, lo he visto crujir, lo he visto bailar... Le he visto parir los lances, Morante. Yo he visto la cintura quebrada de Gallardo y las muñecas de Salomón Vargas. He visto el duende de los Gitanillos y en la media, Morante, yo he visto a Chicuelo, el de la Alameda.

Sevilla, 15 de abril de 2013 | Olga Holguín
Hoy, Morante de la Puebla, has toreado por Triana y por el Barrio de Santiago, por Camas y por San Bernardo, y por Sevilla y por Ronda. Porque, ahora, Morante, me he acordado de esos naturales al primero, lentos ronquera; hondos, como el Tajo; y largos, como el Betis. Y de esos ayudados con la pata palante (sic), con las dos manos juntitas y el pecho engallado en el reñiero (sic).

Mamá, Alejandro y Sebastián se han arrimado hoy una jartá (sic), pero no te veas cómo ha toreado el profundo.

Escucha, Morante, acaba ya la media y vámonos que nos vamos"

Álvaro Acevedo – Director 'Cuadernos de Tauromaquia'

HOLGUÍN, Olga. "MORANTE. 20 ABRILES" (1ª ed., Fundación Caja Rural del Sur, Sevilla, 2017. Pág. 21)

martes, 10 de octubre de 2017

La Alameda, El Pali y Los Gallo

Portada "De Sevilla a la gloria", editado en 1985, acompañado de un cartel de toros

"¿Qué pasa en la Alamea, mi arma, que hay tanto garbo?
¿que hay tanto garbo, qué pasa en la Alamea, mi arma, que hay tanto garbo?
¿que hay tanto garbo? Gallito que ha cortao, mi arma, orejas y rabo.
Gallito, que ha cortao, mi arma, orejas y rabo.
Gallito, que ha cortao, mi arma, orejas y rabo.
Desde aquel día, los Hércules bailaron, mi arma, desde aquel día,
los Hércules bailaron, mi arma, por bulerías.

A hombros por Trajano, mi arma, vienen los Gallo.
Vienen los Gallo, a hombros por Trajano, mi arma, vienen los Gallo.
A hombros por Trajano, mi arma, vienen los Gallo.
Vienen los Gallo, mu serio, Joselito, mi arma; de guasa, el Calvo,
mu serio, Joselito, mi arma; de guasa, el Calvo.
Señá Grabiela, tú que eres mu fiante, mi arma, señá Gabriela,
tú que eres mu fiante, mi arma, para la fiesta"



Como la afición a la tauromaquia, la pasión hacia un equipo de fútbol o la devoción hacia determinada talla religiosa, mayoritariamente, proviene alimentada por la herencia familiar. No levantabas un palmo, a medir desde la baldosa, te enroscaron la bufanda verdiblanca y, ale, Real Betis - Tenerife, gol de Alfonsito, mago de botas blancas, tres puntos y veneno en sangre para los restos. O aquella primera vez en la Real Maestranza de Caballería (de Sevilla, claro), a la miurada de dos mil no sé cuándo, amén de un calentón paterno, a última hora, tras almorzar y adquirir papel sobre la bocina, previo regateo en reventa. Si mal no recuerdo, Juan José Padilla (aún sin percance ocular) mataba un par del hierro de Zahariche.

En Andalucía, cuando decimos "mamar", aparte del obvio significado peyorativo, referimos a la herencia consanguínea de un hobby. Musicalmente, cuento con suerte o desgracia, pues he heredado el acervo de un ex-cantante profesional. Sí, en grupo de cuatro, del montón, telonero, mas conocedor y partícipe en época esplendorosa, en expansión por todo el territorio nacional, de la música hispalense-folk por antonomasia: las sevillanas.

Aquello, en mescolanza con mi querencia natural hacia el conocimiento de la historia (local, nacional e internacional), cuando me dieron a oír la música de Paco Palacios, "El Pali", explotó el boom, fue el acabose, un big-bang armonioso interior, inexplicable e implasmable de manera lírica. Francisco de Asís Palacios Ortega (1928-1988), cantaor de fandangos y sevillanas, mandó como figura y, quien me enseñó mucho de lo sabido, lo teloneó en muchísimas ocasiones. "Mira, niño, aquí nació El Pali" o "aquí quedábamos con El Pali, que vivía con su padre, vestida siempre de negro, y una perrilla, un chucho, llamada Triana, en su casa, antes de irnos a un pueblo", comenta paseando, algún día suelto, en una calle cercana a la Plaza de San Francisco, ubicada a espaldas de la Plaza Nueva, sede del Ayuntamiento de Sevilla.

Allí, Paco, con sus gafas de lentes gruesas, barriga cervecera y camisa desabrochada, sentose infinidad de amaneceres y albas, con su peculiar postura, anidado en la silla del revés. A verlas pasar. "El Trovador de Sevilla", acertadísimo sobrenombre, auspiciado por Antonio Burgos, popular periodista costumbrista. El Trovador no ensalzaba a las grandes figuras de la historia local, como Velázquez, Murillo, Fernando III o Gustavo Adolfo Bécquer, sino a Vicente, el de las Almendras, Los Gallo, Escalera, Carabolso... Todo ello, sucedido, paradójicamente, previo a su venida al mundo. Ejemplo: la muerte de José, acaecía en 1920.

Gallito, aupado para salir por la Puerta del Príncipe. Felicidad generalizada
Dotado de unas cualidades innatas para la interpretación del género (además, cantaba fandangos), contaba con la fortuna de poseer ascendencia artística notable, por ambas partes. Gentecilla corralera, arrabaleros trianeros, narradores de anécdotas y personajes pretéritos, del último tercio decimonócico y desde el Desastre de 1898 hacia adelante. Paco, se encargó de grabar a fuego recuerdos y su legado, entre viejos y jóvenes, padres e hijos, corraleras o fandangos mediante, continúa iluminado por el pueblo hispalense.

Remitiéndonos a lírica y contenido musical, para snobs o lectores lejanos a Andalucía, la sevillana se estructura en cuatro partes, cuya nominación posee la siguiente sencillez: primera, segunda, tercera y cuarta. Sólo reproduzco las dos últimas, justamente venidas al asunto taurino y realmente interesantes para propósitos divulgativos, referentes a la materia.

Fíjemonos en cuatro apellidos: Gómez Ortega y Palacios Ortega. Coinciden los segundos, ¿cierto? No es casualidad. Por rama materna, Magdalena Ortega Miró, madre de El Pali, guardaba parentesco con Señá Grabiela (sic), José y Rafael, a pesar de la imposbilidad coetánea con alguno. La letra retrata, perfección y transformación de época y ciudad, atravesada, de igual manera, en años previos a la Exposición Universal de 1992, sólo que, en este caso, en torno a la Exposición Iberoamericana de 1929, donde, por ejemplo, en manos de Aníbal González, se construirían monumentos capitales como la Plaza de España y, sin ser un experto en materia arquitectónica, los edificios llamados de estilo "regionalista". Mientras tanto, La Alameda de Hércules se erigía como centro neurálgico de socialités flamencas y taurinas: Chicuelo, Joselito el Gallo, Rafael el Gallo y, seguramente, otros tantos héroes anónimos, maltratados por la hagiografía histórica de revisteros antiguos.

Rafael, doctorando a José
"Mu serio, Joselito; de guasa, el Calvo [...] Gallito, que ha cortao, orejas y rabo". Acertado y fiel reflejo idiosincrásico y estilístico. Triunfo abismal de José, majestuoso, severo, serio y ansioso por repetir honores en la próxima tarde, rallando igual o mejor nivel; y Rafael, Divino Calvo, que, hoy sí, ha formado el lío, con un toro bien visto y sin recurrencias a "espantás" y ese "origen anticombativo del toreo", como señala Delgado de la Cámara en sus publicaciones. 

"A hombros, por Trajano, mi arma, vienen Los Gallo [...]". Desde la Puerta del Príncipe, pobretón y terrateniente quisieron mancharse harapo y frac, relativamente, de sangre y, por qué no, haber arrancado algún trozo de tela a lo largo del kilométrico camino (1,8 kms, apróximadamente) de El Arenal a La Alameda. Y, de paso, al llegar a casas, vacilar de haber zarandeado a su Gallito, llevarlo reposado entre sus hombros y cuestionar el belmontismo de su hermano, el chico, tan cool en aquellas temporadas de la segunda década del veinte y más allá.

martes, 3 de octubre de 2017

Galleo del bú, la majestad de Joselito el Gallo


El autor del añorado libro sobre Gallito ("Joselito el Gallo: el rey de los toreros", Espasa), necesitado de urgente reedición, Paco Aguado, tal vez sea uno de los mayores admiradores y conocedores, junto a José Morente, de La Razón Incorpórea, en lo que a la figura del pequeño de los hijos, de Fernando Gómez 'El Gallo', respecta. Este lance capotero, casualmente, inspiración nominal para esta bitácora, no prueba sino la majestad de la leyenda.

Gallear, por cuestiones etimológicas, responde a "gallo". No animal, sino estirpe. Aquella parida y continuada por "Señá Grabiela" (sic), famosa bailaora gaditana, y Fernando, torero mediano en su época, el siglo XIX. En la Huerta de Gelves, donde nació José y, posteriormente, en Alameda de Hércules, la esencia taurina familiar produjo en Gallito, amén de sus magníficas aptitudes innatas para lidiar reses, el conocimiento de la tauromaquia antigua. Matadores con quienes su hermano, Rafael, el Divino Calvo, o su padre, habían compartido cartel o, simplemente, visto, desde el tendido, un día de festejo.

Transcribiendo palabras de Aguado: "con el capote, Joselito el Gallo fue un torero variadísimo [...] Había una fantasía capotera, en su repertorio, tremenda: largas, remates, verónicas, toreo capote al brazo, toreo a una mano, revolera, recortes, galleos... Por ejemplo, resucitan el que llaman el galleo del bú. El bú, en Andalucía, en esa época, se llamaba a los fantasmas. Entonces, se cubría con el capote entero, como si fuera la capa de un fantasma y galleaba al toro, por la espalda, con los vuelos del capote".


Gallito, acariciando la punta del pitón derecho | Descabellos

Esta diversidad, en los primeros tercios, no emana de la casualidad, sino gracias a una concepción taurómaca de época, distinta a la actual. A principios del XX, cuando José desarrolló su carrera como matador de toros, además de un toro distinto al actual, sin apenas selección ganadera considerable (gracias a él y su imperio en el toreo, este aspecto comenzó a obtener consideración desde las fincas) y la desprotección del caballo (el peto no se implantó reglamentariamente hasta 1927, en la Dictadura de Miguel Primo de Rivera), la lidia pivotaba sobre el tercio de varas. Para un ganadero, era más importante apuntar cuántos caballos había despanzurrado, desequilibrado o, simplemente, el número de ocasiones acudidas al encuentro con el picador. Incluso las propias empresas, explotadoras de los cosos, contrataban infinidad de corceles, en previsión de la sangría.

Por tanto, frente a la necesidad de afrenta con el varilarguero, ¿cómo podía lucirse el matador? Quitando de camino hacia la puesta en suerte. De ahí, la riqueza de Joselito con la capa, única y sin igual en la historia del toreo y correctamente ensalzada por la crítica. La faena, a diferencia de hogaño, apenas duraba doce, quince pases y a matar. El pópulo pagaba por lo del corcel.

Prosigue Aguado, en referencia a este galleo: "esto era un quite que hizo, en su día, Paco Frascuelo, hermano de Salvador Sánchez, 'Frascuelo', que estaba especializado en estos galleos y Joselito el Gallo se enteró de que lo hacía este hombre cincuenta, sesenta años antes y lo recuperó para incorporarlo a su repertorio. Una absoluta enciclopedia".

¿Acaso no demuestra este dato la dimensión torera del gelveño? Qué majestad debe contenerse adentro para bucear en medio siglo atrás, practicarlo delante de miles de personas y ejecutarlo con esa perfección y autoridad, tan personal. Seguramente, la dedicación profesional, por parte genalógica, facilitara el camino, pero, teniendo en cuenta época, donde la existencia de hemeroteca se antojaba inconcebible y, mucho menos, un servidor de vídeos como Youtube, donde consultar faenas históricas, valoremos la magnitud del matador, como siempre he argüido, vilipendiado, injustamente, por la crítica y el aficionado, en favor de Juan Belmonte.

A modo de broche, he querido incluir, en el documento audiovisual, al genio de La Puebla del Río, quien cumpliera, en el día de ayer, treinta y ocho años, José Antonio Morante de la Puebla. Pareciera la marisma, el otro lado, la otra orilla del río, alimentar la genialidad, la torería y un duende especial. Triana, Gelves, La Puebla del Río... Belmonte, Joselito y Morante. Vestido de corto, tentando, efectúa la remembranza de Gallito, evidenciando, aun más, la orfandad de la fiesta en términos de torería, la automatización del matador y la renuncia a la búsqueda de personalidad propia, con abandono hacia el populismo y lo estereotipado. Quién sabe (el tiempo dirá) si tendremos suerte y, una tarde loca, en La Maestranza, allá por abril, desate la locura con un galleo del bú, como ya sucediera en aquel molinete con el palillo roto.

lunes, 25 de septiembre de 2017

Morante, Corrochano y Federico, sobre el toreo


Sácame de una duda, José Antonio: ¿qué es el toreo, de verdad, para ti?

Uf... El toreo... ¿Tienes batería? [ríe]

Tengo. Tengo batería y ganas de escucharte, que es lo más importante. ¿Qué es el toreo?

Hombre, el toreo... El toreo es algo que nace por dentro. Y eso germina y con tu cuerpo eres capaz de hacer lo que sientes. Uf... ¿qué es el toreo? Es difícil. Hay un libro muy, muy bonito que se llama "¿Qué es torear?", de Gregorio Corrochano. Muy interesante. Él, con sus palabras, explica lo que es torear, la forma de... lo que es acompañar, con los brazos, con la mirada, con el pecho; el colocarte; el cruzarte... El toreo es algo que sale solo y, preconcebido, no sale nunca.


Portada de la primera ed., ilustrada por Martínez de León

Prosiguiendo con buenas costumbres, buceando por videoteca y biblioteca, encontré estas declaraciones de Morante, casi diez años atrás, a Víctor García-Rayo, periodista local taurino y semanasantero, recomendando lecturas, algo inusual por parte de un matador de toros, a excepción de Sánchez Mejías, Belmonte, José Antonio y aquellos afortunados, agraciados por la caída de los "polvitos mágicos" de la torería. Por suerte, no descubrí por terceros la figura de don Gregorio Corrochano, sino arribé por naturaleza y referencias de otras publicaciones reseñables. Un crítico de antaño: nada comparable a la mediocridad generalizada actual. Escribió otras magníficas obras, como "Cuando suena el clarín", "Teoría de las corridas de toros", "Edad de Oro del toreo" y "Edad de Plata del toreo". Todas recomendables, aunque adolezca de estas dos últimas, aún.

En la presente, titulada, con exactitud, "¿Qué es torear? Introducción a las tauromaquias de Joselito y de Domingo Ortega", Gregorio, además de analizar técnica y dimensión de ambos matadores de época, traza opinión sobre los tres tercios y la crítica. Gracias a José Antonio, regresé al libro, hojeé y encontré subrayados, a lápiz, unos párrafos podrigiosos, encuadrados, en el primer epígrafe ("¿Qué es torear?", bautizando a la obra), dentro del primer capítulo ("Introducción a la tauromaquia de Joselito", ídem).

"EL TOREO [...], se caracteriza por el gusto y la preocupación de la época. Hay la preocupación por la muerte del toro, y se cuida de la estocada como momento fundamental. Es la era de Pedro Romero y Costillares. Pepe Hillo, más impulsivo, más alegre, muy sevillano y con menos facultades para matar, empieza a preocuparse del toreo. 
Con Paquiro, que personifica el arte de torear, el toreo se completa con suertes vistosas, se perfecciona y organiza; es la fuente de la reglamentación. Es la etapa de los grandes toreros, de lo que pudiéramos llamar la edad media del toreo: Montes, Chiclanero, Curro Cúchares, Cayetano Sanz, Manuel Domínguez, Antonio Carmona, Tato. La discusión del toreo se desarrollaba alrededor de dos puntos de vista fundamentales: ¿qué es más importante y necesario, el conocimiento del toro o el conocimiento de las suertes del toreo? 
Esto, así planteado, dividió las opiniones, que cristalizan en la competencia del Chiclanero y Cúchares; los del Chiclanero sostenían que lo más útil era el conocimiento de las suertes, como partidarios de la pureza y sobriedad del toreo rondeño, practicado por el maestro de Chiclana; los de Cúchares defendían el punto de vista del conocimiento de las reses, en lo que Cúchares no tenía rival. 
Estas dos tendencias, no abandonan ya nunca el toreo, ni con Lagartijo y Frascuelo, ni con el solitario Guerrita. Pero donde alcanza su máxima expresión es en la pareja Gallito y Belmonte que, por cercana, vivida y reseñada por nosotros, la relataremos como si repasáramos unas memorias. 
El toreo es el garbo de una raza ágil y flexible. Es un quiebro de cintura que en el hombre es toreo y, cuando lo da la mujer, es baile. Se torea y se baila con la cintura. A veces, por una confusión de aptitudes y de actitudes, algunas mujeres torean y algunos toreros bailan. Cuando la mujer que baila, torea, el público se la estima, reacciona como en una plaza de toros y enriquece su admiración con vocablos del toreo. Cuando cree que el torero, en vez de torear, baila, lo rechaza y apostrofa de bailarina. De donde se infiere que, para este público, el toreo es superior al baile. Este aplauso y desdén han marcado una preferencia, que es casi una definición, por el toreo poco movido, poco bailado; por el toreo de pie aplomado y brazo suelto que rima con el toro, donde tiene su origen el temple
Temple es un vocablo preciso que pone de acuerdo sonidos, instintos y movimientos. Se templan las cuerdas de una guitarra para buscar la armonía; se templa el toreo, esto es, se busca la armonía del movimiento del toro que acomete y del movimiento del torero que torea; se templa el instinto con el instinto; para torear hace falta temple. Temple en capote y muleta que se llevan al toro; temple en el brazo que torea; temple en el hombre que torea con el brazo; para torear hace falta ser muy templado. Acaso el temple no esté bien definido y pueda confundirse con la lentitud. Esto equivaldría a confundir el agua templada con el agua caliente; ni caliente ni fría; a su temperatura, a su temple
Templado no es igual a lento, aunque, alguna vez, para templar a un toro muy lento, se le haya toreado con lentitud. El temple depende del toro. No hemos dicho arbitrariamente, líneas arriba, toreo de pie aplomado y brazo suelto que rima con el toro. Si no riman, si no van de acuerdos los dos movimientos, no hay temple, aunque haya lentitud. Tanto se falsea el temple por torear rápido como por torear lento. Para torear hay que excitar la codicia con la distancia y acompasar el movimiento del brazo a la codicia y a los pies del toro, conservando las distancias, y así se le lleva donde se quiere y se remata la suerte donde se quiere. Ni con más rapidez, ni con más lentitud: con temple. Hay una palabra en el campo andaluz, tan expresiva, acompasada y musical, que ajusta el toreo y el temple en una misma definición: torear al son del toro. Torear a son, a compás, llevar el son con ritmo musical; eso es temple y eso es torear"

CORROCHANO, Gregorio. "¿Qué es torear? Introducción a las tauromaquias de Joselito y Domingo Ortega" (1ª ed., Edicions Bellaterra, Barcelona, 2009. Págs. 28-32)



Federico García Lorca, en 1924 | ABC

Escribiendo sobre Gregorio Corrochano, resulta imposible obviar a Joselito. Recordando a Joselito, sucede igual con su binomio revolucionario, Belmonte. Y El Pasmo simboliza a todo un icono pop en blanco y negro, portada de la revista Time y, por antonomasia, torería demostrada afuera del ruedo, también necesaria. Como tal, su relación con intelectuales, de todas artes, quedó patente, a través de distintas generaciones destacables, como 98, 14 ó 27. Qué brillantes, sobre todo, la de fin del XIX y la del veintisiete, en plena dictablanda de Primo de Rivera. Cuántos nombres brillantes, gracias a la mediación de Ignacio Sánchez Mejías, como Gerardo Diego, Rafael Alberti o Federico García Lorca, como colofón, quien legó sensacional escrito sobre el arte, en líneas generales. Menciona a Juan, Velázquez, Cervantes... desarrollando, bajo mi parecer, hipótesis harto aplicable a la tauromaquia, como disciplina artística, y la vida misma.

"Cuando una morena baila, cuando Belmonte hacía prodigiosas suertes de capa, cuando Velázquez producía, sobre ellos divagaban el ángel y la musa. Pero ellos tenían duende. Sí, señores; tener duende es lo más caro que puede ofrecer la vida a los intelectuales. El duende es ese misterio magnífico que debe buscarse en la última habitación de la sangre. 
El ángel ondula sobre la frente, guía y regala; la musa dicta y, en algunas ocasiones, sopla. Pero estas cosas vienen del exterior; en cambio, el duende, ¡ah!, el duende, amigos, está en uno, en la sangre, en el alma. Muchas personalidades han escrito cosas soberbias, pero no siempre han tenido duende. Cervantes tuvo un duende gigante, pero, con tanta serenidad, que aparecía a la consideración popular exactamente como si no lo hubiera tenido nunca. 
[...] Hay que buscar el duende; sin él, habrá cosas buenas en la vida, pero no tan magníficas como teniéndolo. Ése es el secreto del arte: tener duende. [...]"

GARCÍA LORCA, Federico. "Prosa, I: primeras prosas, conferencias, alocuciones, homenajes, varia, vida poética, antecríticas, entrevistas y declaraciones. OBRAS, VI" (1ª ed., AKAL, Madrid, 1994. Pág. 578)

martes, 19 de septiembre de 2017

Puntos sobre las íes

Juan José Padilla y Serafín Marín | Pedro Ruiz

Por quincuagésima vez, observará esta foto
. Desconozco su índole militante: taurina o anti. Me da igual. Si pertenece al bando opositor, atienda con mayor atención. Harto de escuchar en el establishment mass media sobre la calurosa e íntima relación de la derecha política, el conservadurismo y la fiesta, habrá confirmado aquella hipótesis pretenciosamente cacareada por ignorantes interesados, la mayoría de las veces, desconocedores idiosincrásicos sobre la temática tratada. Lo siento, anticonpedigrí/neoanti: error. Equivocación crucial. Antes de continuar leyendo, visite este otro escrito, titulado "Tauromaquia, cultura y política". Si aún perduran dudas en su conciencia, pues así lo creo, prosigo.

No pretendía subir la instantánea nuevamente. Sólo contemplarla, me aflige, debido a infinidad de motivos. Además, por última ocasión, será colocada por mi persona (repito, última, no quiero seguir perjudicando mi afición). Con finalidad didáctica, articulista o llámese equis, para nada dañina o perjudicial hacia ninguna persona en particular. Quede claro.

Juan José Padilla, portador de la bandera, exime toda culpa propia, excusando su gozo y escasa atención a la enseña por la emoción producida al cortar trofeo en el festejo, celebrado en una localidad perteneciente a la provincia de Jaén. Individualmente, cada cual decide creer la versión oficialista o "conspiratoria". Cuesta, en primer lugar, ignorar el significado del Águila de San Juan, versión Francisco Franco, sobre la rojigualda. Segundo: ¿no percatar el estampado? Tampoco. Líbreme Dios de otorgar carnets sobre qué debe pensar.

Ojalá todo hubiera quedado ahí, porque la polémica desató mi desaliento hacia ciertos aficionados. Ojo, la libertad ideológica posee un status quo constitucional innegable, ya defienda el fascio, la hoz y el martillo o el anarcocapitalismo. No importa. Sí, mostrar públicamente, en un ruedo, representante de un rito milenario, cultural y, por tanto, por encima de cualquier división política o nacional, ciertas insignias dañinas para una imagen, de por sí, a la deriva. Sí incumbe encubrir el acto, para dársela de "afishionao" profesional y guay, justificando la inspiración e igualdad (situación contradictoria, por cierto, pues distinto es plagio de inspiración) simbólica de la bandera del régimen nacional-católico en la heráldica de Fernando e Isabel, Reyes Católicos. Incierta, la igualdad; repugnante, la inspiración, por tergiversar la historia; e ignorante, históricamente. 


Diferentes escudos de España a lo largo de su historia | lasprovincias.es

Comencemos repasando la historia: en el siglo XV, el Reino de España, conocido hogaño administrativamente y legalmente con tal nomenclatura, era tan ficticio como inexistente. Reino de Castilla y Reino de Aragón estrecharon lazos, con sus propias cortes, impuestos y administraciones y, una misma dinastía, Trastámara. Eso sí: la unión dinástica favoreció la germinación de una futura unión y, por fin, España. La rojigualda tampoco ondeaba en ningún acuartelamiento, palacio o acto. Nació bajo el reinado de Carlos III (dinastía borbónica), en el siglo XVIII, 1785. ¡Tres siglos después! ¡Y algunos continúan empeñados en equiparar! Sigamos. El blasón, ciertamente, guarda similitud, mas no es el mismo. En la imagen superior, puede observarse y compararse. La corona, tanto de escudo heráldico como águila, son diferentes. El lema de Franco ("VNA, GRANDE, LIBRE"), aparece en la parte superior, mientras el de los padres de Juana, en la inferior ("TANTO MONTA", monta tanto, Isabel, como Fernando, en honor a la importancia femenina en la gestión político-administrativa de la corona). En la heráldica franquista, encontramos las cadenas de Navarra. En el otro escudo, aún no, pues la incorporación del Reino de Navarra, oficialmente, sucedió bajo el reinado de Carlos I (primero, por la derecha, en la primera fila), nieto de los anteriores mandatarios quien, además, heredó, de sus abuelos maternos, entre otras tantas, posesiones italianas, borgoñesas y flamencas. De ahí, aquella catredalicia variedad en las armas.

Desmontada tamaña equivocación, topamos con el  presunto rédito electoral futuro de ciertos partidos políticos, fomentando erróneamente la identificación de la tauromaquia con determinado pensamiento. Todo vale, parece, por un escaño y su correspondiente dieta y pensión vitalicia, ¿eh, Pablo? ¿no es así, Teresa, aunque grandes e ilustres andaluces, como Rafael Alberti o Federico García Lorca, mantuvieran estrecha amistad con matadores insignes y fueran hijos de la Generación del 27, cuya inauguración presidió Ignacio Sánchez Mejías en el Ateneo de Sevilla, homenajeando el cuarto centenario del fallecimiento de Luis de Góngora? ¿o qué, Rufián, cuando matadores como Serafín Marín han realizado paseíllos con bandera y gorro catalanes (y no le he visto ensalzarlo en su día); o tu pequeño dios, Companys, quien fuera gran aficionado a la fiesta, incluso presidió un festejo en Barcelona, capital de tu república socialista de Imaginarium?

Nunca cesaré de repetir: en el toreo, no existen banderas políticas, ni rojas, ni fachas, ni libdems. Un maestro, en correcta sintonía con el rito, jamás debería acoger ningún blasón (ni la pirata, hablando del caso) mientras pise albero. En casa, como escribí, lo deseado. Bajo mi pensamiento, tales chabacanerías públicas restan seriedad y respeto a este fatídico juego de la vida en pos de culminar una obra artística, donde ser humano y animal interactúan, inteligencia y fiereza conjugadas, mostrando al público asistente sus máximas insignias biológicas, por ambos lados, el coeficiente intelectual, lidiador, y la sinrazón, fiel al instinto animal por antonomasia. No creo en aficionados enervados según qué símbología anude el cuello del matador de turno, sino en independencia y rigor, tan escaso en la sociedad actual... Guste o no, la fiesta, en parte, refleja la sociología de época. Efectivamente, existen filofranquistas agasajados, como en cualquier lugar. También marxistas, socialdemócratas o un arquitecto mormón (con todos mis respetos a la libertad de culto). Mas no debe importar a "naide": acudimos al tendido, esto es, observar al toro y si el diestro ajusta su lidia a las características de la res, como mandan los cánones. Más nada. Si mi compañero de localidad se inclina preferencialmente hacia la homosexualidad, magnífico. No quiero saberlo; tampoco me importa. Guárdeselo en casa y, eso sí, discutamos sobre la faena de dos orejas, la espada tendida y la profanación del indulto, concedidos en pack de tres, como en el súper, en esta última época.

Ignorar ciertos asuntos de capital importancia sobre nuestro devenir no daña estética, sino interiormente. El amiguismo de ciertos periodistas taurinos, a cambio de una llamada semanal, y la parcialidad descarada hacia determinados espadas, también. Recuerdo, hace poco más de treinta días, la retirada de Morante y aprovechar para castigar. Una vez fuera, claro. Si hubiera continuado temporada, ¿quedarían grabadas esas palabras con tal dureza? ¿Por qué ahora no habla de su amigo, con severidad merecida, sobre el acontecimiento? Quien calla, otorga y silenciar denuncias hacia desfachateces no nos hace peores, ni menos aficionados. Ensalzando la incoherencia, ¿qué joven va a sentir atracción, si ve corporativismo, y no castigo, con un enaltecimiento de autoritarismo (desconozco la intencionalidad real, reitero)?

PD: Como colofón y, a mi pesar, enlazo varios hilos de tweets (sucesión de respuestas, al mismo escrito, con temática relacionada), donde algún catedrático, verdadero conocedor de la gran esencia taurina, cortocircuitará al conocer ciertos datos biográficos. Para leerlo, si no posee perfil en Twitter, en su extensión, sólo debe clicar en el recuadro y aparecerá íntegro. No quería perder hitos históricos reseñables en el mar cronológico de ciento cuarenta caracteres.






martes, 12 de septiembre de 2017

Morante de la Puebla, jugando con las musas

Ejecutando un pase imaginario, frente al espejo, en la habitación | EL MUNDO

Disculpen los cuatro lectores y medio de esta humilde morada: vuelvo a pecar en la reiteración. Pronto, amén de mi pesadez, descenderán a dos y medio, pero, eso sí, con la conciencia tranquila de escribir cuando siento la inspiración adentro y sobre la temática deseada. Como reza el título, los artistas (escritores, pintores, escultores, poetas, dramaturgos, directores de cine, matadores de toros, cantantes, ...) coquetean con sus musas, fuentes de inspiración para, en determinadas ocasiones, deleitar con la ejecución de una obra reticente en la memoria del espectador para los restos. Aparecen, de la nada, cuando desean, inesperadamente y, como Julio Romero de Torres bebió de Córdoba y sus melancólicas miradas femeninas, servidor desemborrona la hoja en blanco y teclea cuando reúnen ciertas coincidencias.

A falta de un día, ese fatídico trece, sucedió la desgracia en el Coso Real, del que Gallito pronunció una de sus citas más célebres ("quien no ha visto una corrida de toros en El Puerto de Santa María..."). Se retiró el genio, mal les pese a cierto sector de aficionados, abandonando, sin sustituto a la vista, el trono del arte, la torería y la conjunción de tauromaquia antigua, decimonónica, clásica y moderna. Un tótem difícil de igualar. 

El flamenco aún ansía el surgimiento de otro mito como Camarón de la Isla. ¿Nacerá, algún día, en el seno de esta sociedad adulterada, plastificada, de likes, Play Station y vida ficticia en redes sociales? ¿Cuándo, entre tanta escuela taurina, poco aficionado joven y niños que no juegan al toro en la calle, emanará de otro vientre semejante figura de época y con categoría para aparecer en El Cossío con apenas tres años de alternativa (me remito a la edición de catorce tomos, publicada en el año 2000)? Equiparando al balompié: los jugadores van y vienen; el club, la institución, continúa. Leo Messi colgará las botas, en año aún remoto, esperemos, mientras el Fútbol Club Barcelona, pervivirá cuatrocientas temporadas sucedáneas. Llegarán otros, sí... ¿pero alimentarán el alma del socio como el portador de la diez azulgrana?

Entre indultos nuestros de cada día, de dudoso merecimiento (no todos, sin pretensión de caer en generalización), la fiesta de los toros prosigue su cauce, mas, para mí (en ámbito personal, para gustos, colores), no termina de llenarme como antaño, desde que partió hacia la reflexión. Conversando con una persona, cuya identidad prefiero mantener en anonimato, comentó su vacío taurómaco, en la previa retirada del maestro cigarrero. En contadas ocasiones calentó el cemento de una plaza de toros hasta su regreso. Cansado de faenas estereotipadas, toreros sin torería, maltrato al aficionado e IVA sin reducción en el precio del papel, espero no encaminarme hacia tal verea, pues mi amor hacia este arte, creo, lo impediría.


El Puerto de Santa María. Año 1998 | Galleo del Bú

Cuando se encuentra una figura digna de admiración, por dimensión, semejanzas  en personalidad o aportación a la profesión, gusto de profundizar hasta el más recóndito rincón biográfico, allende la cara pública, con miras hacia una mayor comprensión del artista y su obra. ¿Acaso, a un amante del lienzo barroco sevillano, no acude a referencias bibliográficas bien trabajadas hacia pintores sevillanos ilustres, como Bartolomé Esteban Murillo (Enrique Valdivieso, por ejemplo), Diego Velázquez o Francisco de Zurbarán (nacido en Extremadura, desarrollando vida profesional en la capital hispalense, centro neurálgico mundial en aquellos entonces)?

En mis inmersiones, leo mucho: devoro reportajes, crónicas, artículos... Y adquiero carteles interesantes. El arriba publicado, de mi colección personal, junto a otros tantos, lo adquirí meses previos del fatídico agosto. Casi veinte años atrás, un Morante recién doctorado (1997, en Burgos), cerraba cartel junto a dos matadores de la tierra gaditana. ¡Y El Juli, de novillero aún! Su alternativa se produciría, como viene siendo habitual, a final de temporada, en Nimes. La confección del cartel, casi idéntico, junto a un novillero local, Marcos Cruz, de quien desconozco trayectoria, e igualmente con "Jerónimo", un mexicano.

Mencionando la patria azteca, con desgraciadas noticias recientes, topé con una espléndida lidia del maestro en La México (según entendidos, tercera plaza del mundo, tras Las Ventas y La Maestranza), el pasado diciembre. A modo de homenaje hacia un magnífico pueblo y una nación prácticamente nueva para mi conocimiento, sería pecado dejar caer, en el olvido, ante la afición de mi país, grandes recuerdos en el otro lado del charco, a veces, menoscabado, amén de la lejanía y, por qué no comentarlo, un trapío completamente diferente (¿inferior?) al ejemplar bravo ibérico.




Perdonen, de nuevo, el desconocimiento idiosincrásico. Once de diciembre del dieciséis. Morante de la Puebla, José María Manzanares y Gerardo Rivera. "Peregrino"-337, 520 kilogramos, perteneciente al hierro de Teófilo Gómez. Y La México como fondo, en Temporada Grande. Octavo festejo. Segundo del lote, tras destellos ante el pretérito. La templada embestida del ejemplar mexicano, junto a sus hechuras, siempre agradecida por el matador foráneo, junto al apasionamiento del tendido hacia las grandes figuras provenientes de la cuna del toreo, siempre posibilitaron grandes triunfos allá, pero la riqueza, ante este ejemplar, merece distinción.

De salida, la soltura del cuatreño no impide un recibo con homenaje a Chicuelo, rematado por dos delantales ¡y qué delantales! y un último lance, previo a varas. Morante, aquejado de una pierna, sonríe, preludio de advenimiento torero. "Bregando, dibuja el toreo", afirma el relator. Gallea brevemente y, para dejar en suerte, por segunda ocasión, remata con revolera invertida. Cuántas tardes habré soñado con una lidia tan completa, de capa, previo a ocupar mi localidad en el coso. Y qué afortunados aquellos asistentes.

Faena con hondura, rica en pases muleteros. El genio, inspirado. Sólo observando andares, templados, pausados, la elegancia de esos trincherazos con la derecha y ese cambio de manos, tan sevillano, para sacar de tablas al toro... No existen palabras suficientes para describir semejante borrachera de genialidad. No puedo hallarme en altura de semejante maestría. Derecha, izquierda, con muletazos de oro, que diría Chenel, de trazo largo, de adelante hacia atrás, exprimiendo a la res completamente, y con mano baja. Para colmo, si achacáramos defecto al cigarrero, la espada. Estoconazo, sin réplica. Dos orejas, aunque rabo solicitado unánimemente, tal vez privado por ansias de protagonismo presidenciales (¿a qué me recuerda?), y arrastre pausado del ejemplar, con calidad en la embestida y motor dignos de remembranza.


Dos orejas, arrastre lento del toro y... puerta grande | EL MUNDO

He oído, en contadas ocasiones, la coletilla "esto debieran reproducirlo, audiovisualmente, en las escuelas taurinas". Tal vez, sí. Tal vez, no. Apuesto más por la segunda opción. Este toreo de inspiración, personal, posibilitado, como decía Rafael de Paula, "por los polvitos mágicos de Dios a unos pocos", no puede ser aprendido ni en seiscientas setenta y ocho horas de entrenamiento. Se nace con ello y ahí, querido lector, sólo los elegidos pueden ostentar el privilegio de su ejecución.

Mi intencionalidad no pasa por desgranar esta obra de arte. Repito: imposible rallar a la altura merecida. Con su criterio taurino, saquen conclusiones. Disfruten. Detesten. Simplemente, al desconocedor, descubrírsela. Al conocedor, rememorarla. Al desprestigiador, valorar la esencia de un toreo personal, instransferible  y, a día de hoy, transmisor de sentimientos como ningún otro. Y al mexicano, enviarle todo mi afecto y ánimo para superar malos momentos y, escrito sea de paso, toda mi envidia por vivir aquella tarde, TV o tendido mediante, a tan escasa distancia.

martes, 5 de septiembre de 2017

Biblioteca taurina (I): Antonio Chenel 'Antoñete'

Ínfima parte de mi biblioteca taurina | Galleo del Bú

Considero que, todo buen aficionado a esto, perteneciendo yo al tercer estado (de clase obrera, vaya), además de placeo y años, debe poseer la digestión de lecturas cuantiosas y cualitativas. Con esta primera entrada, mi pretensión consiste en el comienzo de un serial, bastante extenso y prolongado en el tiempo (si Dios quiere), dado el número de títulos yacentes en mi biblioteca personal con temática relacionada con el descendiente del uro.

Obviando El Cossío... Bueno, no lo haremos. Con seguridad, más adelante será tratado: posee tantas ediciones (año 2000, setenta y tantos; simplificada en dos tomos, de catorce...) que merece capítulo aparte. En mi pensamiento, veía vislumbrada esta entrada hace algún tiempo, mas quería esperar a poseer un número mínimamente modesto de seguidores (ya somos 280 y algo en Twitter, gracias) para hacer llegar a un mayor público las entradas más preciadas por servidor, el autor. No quisiera entrar en verea aún, sin mencionar previamente la conversación mantenida con Antonio y Pedro: fue un empujoncito más hacia el tecleo de estas líneas.

Forjar una biblioteca de esta índole, más en los tiempos latentes, harto complicado. Cuando pasee por grandes librerías, observe la sección correspondiente: verá que no hay gran cosa. Acaso, cinco, seis o siete títulos, exagerando algo, merecedores del dinero valido. ¿Y, entonces? En mi ciudad, acudo a lo calificado como "de viejo", o séase, segunda mano. Tengo la suerte de contar con grandes establecimientos a nada de tiempo; o poder pasear por El Jueves y encontrar gangas a coste irrisorio, previo regateo. Lo usado permite la magnífica oportunidad de adquirir descatalogado.

Otra vez más, el pesado de Antoñete. Y el de Morante. Siempre lo mismo, pensarán. Les contesto educamente: cada cual es libre de escribir lo deseado, por suerte, e, igualmente, el receptor, de no leerlo. Por tanto, sin querer rozar las malas maneras: al desagradado por mi mala escritura, temática equivocada o escasa simpatía hacia estos dos espadas, mejor cambie de lugar y persona. Se ha equivocado al elegir emplazamiento. Me consta la existencia de algún hater por ahí y me agrada que, sin ser absolutamente nadie en esto, existan personas que precien tan poco su tiempo como para dedicarlo en realizar una crítica destructiva. Las constructivas, completamente abierto a recibirlas. Por cierto, he publicado y publicaré mayor diversidad. Al menos, planificado está. Prefiero dejarme llevar por la inspiración y priorizar sobre ideas con mayor atractivo personal.

Imagino bibliografía mayor sobre Antonio Chenel en revisteros, pero, en referencia a libros, no abunda. Conocidos personalmente, cuatro. Para palparnos mejor, puesto ofrezco esto por primera vez, subiré: imagen de portada y contraportada del libro (o índice), título, autor, número de páginas, editorial, año y una breve reseña o valoración sobre contenido y nivel de la susodicha obra.



Portada e índice | AKAL

Título: "La tauromaquia de Antoñete"

Autor: José Carlos Arévalo

Número de páginas: 111

Editorial: AKAL

Año: 1987


Alto y claro: el mejor libro sobre el maestro. Curiosa existencia de cuatro títulos (dos de ellos, este y Laverón, un año después), con similitud de título en dos de ellas, prácticamente en el período de veinticuatro meses. Desde una perspectiva costumbrista, lejana a la charla con Antonio y más próxima a la experiencia personal del autor, nos relata aquellos años cincuenta, de casticismo y aún heridos por la devastación de la posguerra. Con pros y contras, los chavales acudían a billares, soñaban con quitarse del hambre a través de fútbol o toros y observaban a los de luces como auténticos dioses. Propiamente expresado por Arévalo en el prólogo, "existe un vacío premeditado en el libro: los años sesenta". Sí, cuando Chenel lidia al de Osborne (1966). Aun así, qué humildad por parte del escritor, en reconocer de ser "incapaz de poner palabras a las grandes faenas de Antoñete". Muchas veces, algún recuerdo de infancia o juventud, idealizado o encumbrado por suceder en etapa de absorción y fascinación, quiere alejarse de la proximidad adulta, marcada por el aburrido canon de razocinio aplicado a cualquier quehacer.

Son más de 111 páginas si nos referimos al total, contando bonitas fotografías en blanco y negro. Como comenté en Twitter, José Carlos Arévalo se halla a la altura de Chaves Nogales con El Pasmo en "Juan Belmonte, matador de toros", por la manera de embriagarnos en una persona, en una esencia, un lugar, un momento, desde la primera hasta la última hoja. Ojo, mi predilección hacia el venteño puede afectar, pero nunca he sacado pecho (jamás lo haré) por objetividad. Es mentira. No existe.



Portada y contraportada | AGUILAR

Título: "Antoñete. El maestro"

Autor: Manuel Molés

Número de páginas: 232

Editorial: EL PAÍS – AGUILAR

Año: 1996


La mayoría de aficionados, jóvenes y viejos, conocerán a Molés. Una vida en TV, antes en TVE, Toros y ahora en Taurocast, y radio, programa "Los Toros". No afirmaría con rotundidad la sapiencia de estos sobre las aventuras literarias del castellonense. En 1996, pienso que ya comentaba con Manolo en el Plus. Aquel lustro final de 1990, con la enésima reaparición del maestro, las alternativas de Morante, El Juli o la eclosión de José Tomás... 

Obviamente, el roce hace el cariño. El periodista conversa directamente con el matador y transcribe diálogos literales. No es el mismo formato que Arévalo. Podemos disfrutar una cercanía verdaderamente maravillosa y sentarnos, junto a ambos, en la finca de Madrid, fumándonos un cigarrillo hasta la chusta.

Mucho más biográfico y lineal, pues las páginas van sucediéndose conforme la vida de Antonio, con trazos personales como su primer matrimonio, su relación con Franco, la militancia en la izquierda política o la infancia en la Monumental, cerquita de su cuñado, el mayoral, Paco Parejo. A destacar, las crónicas de faenas antológicas por parte de plumas destacables, como Vicente Zabala Sr., K-Hito, Alfonso Navalón, Joaquín Vidal, Guillermo Sureda, Barquerito o Huberto Apaolaza.

Ah, prologa Joaquín Sabina (quien escribió poemas al torero) y hay fotos. Poquitas: las justas y necesarias para adentrarnos en el mundo antoñetista.



Portada y contraportada | Reino de Cordelia

Título: "Antoñete. La tauromaquia de 'La Movida'"

Autor: Javier Manzano

Número de páginas: 147

Editorial: Reino de Cordelia

Año:  2011


Producto más novedoso, en cuanto a cronología y forma, sobre el matador. Manzano afirma haber compartido "horas y tabaco", para dar forma a una especie de tauromaquia escrita, un breve tomo de El Cossío sobre todos los actos de la corrida de toros, desde "de la torería" (especialmente bueno este capítulo), "de los toros", primer tercio, segundo y tercero, dividido en dos partes "tercio de muleta" y "último acto".

Fotografías inclusive, la maquetación no termina de llenarme. Falta algo o algo sobra. Manzano, por cierto, copia (no sé si plagia, pues esto ya supone otro cantar), al menos, intencionadamente, a sus publicaciones, mayores en edad, en dos anexos: "su toreo en las crónicas" (ya lo hace Molés) y "estadísticas" (igual con Jorge Laverón). Eso sí, la sensación visionar un festejo y sentir al maestro cercano de a ti, recordando sus sentencias, sobre esto o aquello, indescriptible.



Portada y contraportada | Ediciones La Idea

Título: "La tauromaquia de Antoñete: de los años negros al mito"

Autor: Jorge Laverón

Número de páginas: 73

Editorial: La Idea. Colección "Las páginas del tendido"

Año: 1988


Comencemos por el fin: acertada inclusión de estadísticas. Con escasas páginas, Laverón consigue exprimir, de manera personalísima y más que correcta, la tauromaquia del madrileño. Va dándose una cronología de su vida taurina hasta el momento (publicado en el 88 y Antoñete se cortó la coleta en el siglo XXI, ténganlo en cuenta). Llama la atención una sección nombrada "tauromaquia" donde, con ilustraciones del lance, el plumilla lo relaciona con la ejecución personal. "Trincherazo", "media verónica", "verónica" o "al natural", por ejemplo.

Bajo mi criterio, no puede pedirse más en menos. Si empieza usted aquí, quedará hambriento y acudirá a devorar lo restante, que no es poco. Hágalo, porque descubrirá, con más hondura, el casticismo, la torería y el arte de un sin igual en la historia de la tauromaquia, Antonio Chenel Albadalejo.