Morante de la Puebla, jugando con las musas

Ejecutando un pase imaginario, frente al espejo, en la habitación | EL MUNDO

Disculpen los cuatro lectores y medio de esta humilde morada: vuelvo a pecar en la reiteración. Pronto, amén de mi pesadez, descenderán a dos y medio, pero, eso sí, con la conciencia tranquila de escribir cuando siento la inspiración adentro y sobre la temática deseada. Como reza el título, los artistas (escritores, pintores, escultores, poetas, dramaturgos, directores de cine, matadores de toros, cantantes, ...) coquetean con sus musas, fuentes de inspiración para, en determinadas ocasiones, deleitar con la ejecución de una obra reticente en la memoria del espectador para los restos. Aparecen, de la nada, cuando desean, inesperadamente y, como Julio Romero de Torres bebió de Córdoba y sus melancólicas miradas femeninas, servidor desemborrona la hoja en blanco y teclea cuando reúnen ciertas coincidencias.

A falta de un día, ese fatídico trece, sucedió la desgracia en el Coso Real, del que Gallito pronunció una de sus citas más célebres ("quien no ha visto una corrida de toros en El Puerto de Santa María..."). Se retiró el genio, mal les pese a cierto sector de aficionados, abandonando, sin sustituto a la vista, el trono del arte, la torería y la conjunción de tauromaquia antigua, decimonónica, clásica y moderna. Un tótem difícil de igualar. 

El flamenco aún ansía el surgimiento de otro mito como Camarón de la Isla. ¿Nacerá, algún día, en el seno de esta sociedad adulterada, plastificada, de likes, Play Station y vida ficticia en redes sociales? ¿Cuándo, entre tanta escuela taurina, poco aficionado joven y niños que no juegan al toro en la calle, emanará de otro vientre semejante figura de época y con categoría para aparecer en El Cossío con apenas tres años de alternativa (me remito a la edición de catorce tomos, publicada en el año 2000)? Equiparando al balompié: los jugadores van y vienen; el club, la institución, continúa. Leo Messi colgará las botas, en año aún remoto, esperemos, mientras el Fútbol Club Barcelona, pervivirá cuatrocientas temporadas sucedáneas. Llegarán otros, sí... ¿pero alimentarán el alma del socio como el portador de la diez azulgrana?

Entre indultos nuestros de cada día, de dudoso merecimiento (no todos, sin pretensión de caer en generalización), la fiesta de los toros prosigue su cauce, mas, para mí (en ámbito personal, para gustos, colores), no termina de llenarme como antaño, desde que partió hacia la reflexión. Conversando con una persona, cuya identidad prefiero mantener en anonimato, comentó su vacío taurómaco, en la previa retirada del maestro cigarrero. En contadas ocasiones calentó el cemento de una plaza de toros hasta su regreso. Cansado de faenas estereotipadas, toreros sin torería, maltrato al aficionado e IVA sin reducción en el precio del papel, espero no encaminarme hacia tal verea, pues mi amor hacia este arte, creo, lo impediría.


El Puerto de Santa María. Año 1998 | Galleo del Bú

Cuando se encuentra una figura digna de admiración, por dimensión, semejanzas  en personalidad o aportación a la profesión, gusto de profundizar hasta el más recóndito rincón biográfico, allende la cara pública, con miras hacia una mayor comprensión del artista y su obra. ¿Acaso, a un amante del lienzo barroco sevillano, no acude a referencias bibliográficas bien trabajadas hacia pintores sevillanos ilustres, como Bartolomé Esteban Murillo (Enrique Valdivieso, por ejemplo), Diego Velázquez o Francisco de Zurbarán (nacido en Extremadura, desarrollando vida profesional en la capital hispalense, centro neurálgico mundial en aquellos entonces)?

En mis inmersiones, leo mucho: devoro reportajes, crónicas, artículos... Y adquiero carteles interesantes. El arriba publicado, de mi colección personal, junto a otros tantos, lo adquirí meses previos del fatídico agosto. Casi veinte años atrás, un Morante recién doctorado (1997, en Burgos), cerraba cartel junto a dos matadores de la tierra gaditana. ¡Y El Juli, de novillero aún! Su alternativa se produciría, como viene siendo habitual, a final de temporada, en Nimes. La confección del cartel, casi idéntico, junto a un novillero local, Marcos Cruz, de quien desconozco trayectoria, e igualmente con "Jerónimo", un mexicano.

Mencionando la patria azteca, con desgraciadas noticias recientes, topé con una espléndida lidia del maestro en La México (según entendidos, tercera plaza del mundo, tras Las Ventas y La Maestranza), el pasado diciembre. A modo de homenaje hacia un magnífico pueblo y una nación prácticamente nueva para mi conocimiento, sería pecado dejar caer, en el olvido, ante la afición de mi país, grandes recuerdos en el otro lado del charco, a veces, menoscabado, amén de la lejanía y, por qué no comentarlo, un trapío completamente diferente (¿inferior?) al ejemplar bravo ibérico.




Perdonen, de nuevo, el desconocimiento idiosincrásico. Once de diciembre del dieciséis. Morante de la Puebla, José María Manzanares y Gerardo Rivera. "Peregrino"-337, 520 kilogramos, perteneciente al hierro de Teófilo Gómez. Y La México como fondo, en Temporada Grande. Octavo festejo. Segundo del lote, tras destellos ante el pretérito. La templada embestida del ejemplar mexicano, junto a sus hechuras, siempre agradecida por el matador foráneo, junto al apasionamiento del tendido hacia las grandes figuras provenientes de la cuna del toreo, siempre posibilitaron grandes triunfos allá, pero la riqueza, ante este ejemplar, merece distinción.

De salida, la soltura del cuatreño no impide un recibo con homenaje a Chicuelo, rematado por dos delantales ¡y qué delantales! y un último lance, previo a varas. Morante, aquejado de una pierna, sonríe, preludio de advenimiento torero. "Bregando, dibuja el toreo", afirma el relator. Gallea brevemente y, para dejar en suerte, por segunda ocasión, remata con revolera invertida. Cuántas tardes habré soñado con una lidia tan completa, de capa, previo a ocupar mi localidad en el coso. Y qué afortunados aquellos asistentes.

Faena con hondura, rica en pases muleteros. El genio, inspirado. Sólo observando andares, templados, pausados, la elegancia de esos trincherazos con la derecha y ese cambio de manos, tan sevillano, para sacar de tablas al toro... No existen palabras suficientes para describir semejante borrachera de genialidad. No puedo hallarme en altura de semejante maestría. Derecha, izquierda, con muletazos de oro, que diría Chenel, de trazo largo, de adelante hacia atrás, exprimiendo a la res completamente, y con mano baja. Para colmo, si achacáramos defecto al cigarrero, la espada. Estoconazo, sin réplica. Dos orejas, aunque rabo solicitado unánimemente, tal vez privado por ansias de protagonismo presidenciales (¿a qué me recuerda?), y arrastre pausado del ejemplar, con calidad en la embestida y motor dignos de remembranza.


Dos orejas, arrastre lento del toro y... puerta grande | EL MUNDO

He oído, en contadas ocasiones, la coletilla "esto debieran reproducirlo, audiovisualmente, en las escuelas taurinas". Tal vez, sí. Tal vez, no. Apuesto más por la segunda opción. Este toreo de inspiración, personal, posibilitado, como decía Rafael de Paula, "por los polvitos mágicos de Dios a unos pocos", no puede ser aprendido ni en seiscientas setenta y ocho horas de entrenamiento. Se nace con ello y ahí, querido lector, sólo los elegidos pueden ostentar el privilegio de su ejecución.

Mi intencionalidad no pasa por desgranar esta obra de arte. Repito: imposible rallar a la altura merecida. Con su criterio taurino, saquen conclusiones. Disfruten. Detesten. Simplemente, al desconocedor, descubrírsela. Al conocedor, rememorarla. Al desprestigiador, valorar la esencia de un toreo personal, instransferible  y, a día de hoy, transmisor de sentimientos como ningún otro. Y al mexicano, enviarle todo mi afecto y ánimo para superar malos momentos y, escrito sea de paso, toda mi envidia por vivir aquella tarde, TV o tendido mediante, a tan escasa distancia.

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